Sunday, July 31, 2005
MITOS
De los mitos dice mi vapuleado Ferrater Mora que son el relato de un hecho fabuloso que se supone acontecido en un pasado remoto y casi siempre impreciso. Mediante el mito queda fijada la esencia de una estructura o de una situación cósmica. Pienso que los mitos han sido necesarios para que el hombre tenga ejemplos para determinar conductas. De cualquier manera el mito ha calado muy hondo en el hombre, y se ha constituído en la base de una estructura cultural y religiosa. El espíritu de los pueblos se fundamenta en diferentes mitos. Es curioso comprobar que uno de los mitos que más fácilmente prende en el espécimen humano es el de la aristocracia. Cuenta Julio Caro Baroja, sobrino del gran Pío, que una tía abuela suya creía que su familia descendía de un caballero navarro al que se le apareció el Arcángel San Miguel. Bien conocida es la tendencia de hacer descender a los reyes de la divinidad; así tenemos que no sólo los chinos y japoneses han creído siempre que sus emperadores descendían de los dioses, sino que los propios reyes del Oeste Bárbaro, base de nuestra cultura occidental, creían reinar por derecho concedido por Dios. Es también sabido que los emperadores de los países conque se encontraronlos españoles al "colonizar" América creían descender de los dioses, incluso de dioses rubios de largas barbas ensortijadas.
Yo diría que el mito es una justificación o una representación física de una teoría religiosa o filosófica. Es necesario inventar un hecho, para que el que escucha pueda formar una imagen mental. El mito reemplaza a la escultura del dios romano, el ídolo de oceanía o la estatuita de la Virgen de Luján. Además, el mito es el argumento en el que juega su rol el personaje de leyenda. Y cuando no tiene un ídolo a mano, el hombre lo fabrica, convirtiendo en mito la vida de personajes populares o históricos, especialmente si esta vida transcurrió en un pasado más o menos lejano. Tenemos como ejemplos más a mano a Gardel y Perón.
Es que el hombre necesita que le expliquen cómo son las cosas, y ante determinadas situaciones, qué tiene que hacer. Por eso surgen los líderes. El mito es la explicación sobre lo que sucede, y quién se lo dice. Y lo que tiene que hacer está perfectamente establecido en los rituales. El hombre sabe que el ritual no falla. Que el acto razonado, aparte de exigirle el trabajo del razonamiento, le sugierela posibilidad de falibilidad, de duda, de poca seguridad. El ritual es macizo. Debes hacerlo porque debes hacerlo, y haciéndolo así, no falla. Aunque no se vea el resultado, debe creerse en él con fé.
Las brujas siempre han creído que volaban. Los campesinos del sud de Francia colgaban de los árboles botellitas con agua para que lloviera, creyendo firmemente que así invitaban al agua a posarse en los árboles y en la tierra. Los sacerdotes vodu creen sinceramente estar poseídos por los dioses u otros espíritus cuando entran en trance.
O sea que el mito fundamenta y alimenta la fé. Y el rito la mantiene. Es curioso que la mayoría de las catedrales góticas de europa, por ejemplo la de Chartres, estén construídas sobre los lugares donde los druídas habían establecido sus oratorios. Hay una teoría que dice que se buscaba aprovechar la energía que emanaban esos puntos, que incluso pueden unirse por coordenadas geográficas que pasan por todos ellos, a las que se denomina Wuivres, o líneas de energía, pero también es posible que - en el caso de la Iglesia - haya querido aprovechar los lugares míticos y los mismos mitos preexistentes, a fin de capitalizarlos en su favor. También los rituales, porque el hombre está tan acostumbrado a los ritos y a los ritmos, que va, por ejemplo, todos los días a sus trabajo por las mismas calles, y rara vez cambia de recorrido; así, si un día demolieran el templo al que está acostumbrado a asistir los domingos y lo reemplazaran por una venta de hamburguesas habría muchísimos clientes en este negocio, que asistirían por la costumbre de ir los domingos a ese lugar, y probablemente cambiaran el rito religioso por el alimentario. Muchos se convertirían en obesos librepensadores.
Porque el mito, al crear el armazón sólido de la creencia por medio de la imagen, evita que el hombre se cuestione cosas, y favorece el ritual. El hombre que cree firmemente en sus mitos y realiza concienzudamente sus rituales carece de angustia. la angustia surge del cuestionamiento, del poner en duda desde las raíces hasta las más pequeñas ramitas de una estructura de cualquier índole. Desmitifiquemos el mito, y nos faltará la tierra debajo de los pies.
Bello Horizonte, lunes 29 de julio de 1996. Transcripto 9 años más tarde, el 31 de julio de 2005. Pura Casualidad.
Friday, July 29, 2005
POESIA - POETRY - POESIE - POESIA - POETRY - POESIE - POESIA
MI ESCRITORIO MIRA AL JARDIN
1 El Jardín
Todo el jardín penetra en mi escritorio:
La luz, los sonidos ardientes del verano,
y los lamentos crudos del invierno.
Todo el ciclo vital pasa por mi alma:
Todo el sol del amor, el viento del rechazo,
la lluvia fría de la indiferencia.
Cuando llueve, las gotas me corren una cortina
que no siempre es gris,
y que canta con la música de las estaciones.
Alegre en primavera,
lujuriosa en verano,
nostálgica en otoño,
triste en invierno.
Pero en invierno,
aunque algo melancólica,
la canción de la lluvia me sonríe
dulcemente, contándome que pronto
florecerá una vez más la primavera.
Mi escritorio mira al jardín.
Antes, a las mañanas doradas,
ahora, a las hojas del otoño,
alaire que mece a las casuarinas.
En el ocaso, - la luz se tamiza - se ve todo más suave.
Quizá surge algún rayo de sol.
Yo disfruto de esta paz de pájaros que alborotan
al acostarse,
y de los ladridos de mi perro a sus propios fantasmas.
¡Pero no me arrepiento de ninguna de las flores
que planté o arranqué por la mañana!
2 - Adiós al Jardín.
Mi escritorio mira al jardín
por última vez.
El jardín está triste,
con grandes manchas
de hojas caídas.
Un viento húmedo y helado mueve,
lento,
las ramas,
como saludando una despedida.
El arrayán murió. La santa rita y los jazmines
se enredan con el ligustro del silencio.
Tímidamente
sacuden las achiras
sus banderas.
Ya las rosas cayeron, pétalo a pétalo.
Sólo motean el verde amarronado
los botones rojos de malvones y alegrías.
La casa también se despide;
cae el revoque,
crujen las maderas.
Como es otoño,
una metralla de bellotas
picotea las tejas.
Otros vendrán
con su carga de afectos
y tristezas.
Habrá alegrías,
y quizá, ¿por qué no? un escritorio
desde donde alguien mire al jardín
en una mañana de verano.
3 Para Despedirme
Para despedirme
el roble ha tejido una alfombra de herrumbre.
El cielo ha soltado
su llanto gris
para que mi jardín luzca brillante.
Para despedirme
el hornero ha entonado su himno modesto
de cobre y tabaco.
El silencio se ha vestido de rumores
tranquilos y apagados
para despedirme.
"Yo me voy" - les digo - "Ustedes permanecen".
En el invierno frío
soñarán primaveras,
y cuando todo renazca
podrán,
con alegría,
lucir nuevos ropajes".
"Y yo, que me habré ido,
continuaré mi viaje hacia el olvido".
(De "Sonetos, poemas de amor, y otros estremecimientos..." Gral Pacheco, 2003).
Thursday, July 28, 2005
D R A G O N
Recuerdo haber sentido una gran emoción cuando escupí fuego por primera vez. Madre siempre me decía: "Sólo tienes que desearlo. Pero fuertemente. Hasta que no escupas fuego no serás un dragón verdadero; y recuerda: Nada se le niega a quien desea algo con todo el corazón".
Yo me quedaba mirándola, con los ojos muy abiertos, con la tremenda perplejidad que se siente ante lo que se cree imposible. ¡Escupir fuego!
El nido estaba alto, en el fondo de la cueva oscura, y yo no podía saber cuántos hermanos éramos. Oía sus gemidos, y sentía el roce de sus cuerpos, pero la oscuridad sólo se alteraba con la presencia de Madre, cuyos ojos, rojos y hermosos como dos brasas iluminaban nuestro pobre lecho de hierbas secas y pelos de animales. Yo disfrutaba en grande cada vez que Madre nos traía el alimento; una pequeña cabra, un perro lanudo, un lobo, sesenta murciélagos (bueno, no sé cuántos eran, pero era una cantidad considerable); una vez que trajo un jabalí, que chillaba como un demonio, me contó que en una ocasión mi padre se había comido a un ser humano. Esa historia me había impresionado bastante. Muy rara vez, según se me había dicho, un dragón lograba comerse a un hombre; (generalmente era vencido por ellos), pero para eso había que tener mucha astucia. Ocurre que yo no sabía qué era la astucia, y pensaba que sería una clase especial de hambre.
Se ve que yo sería el preferido, porque Madre pasaba más tiempo conmigo que con mis hermanos. Una vez le pregunté: "¿Por qué lo haces? ¿Por qué me mimas tanto a mí, y no a los otros?" "Hijo", me contestó. "No son 'los otros'; tienes sólo un hermano. Lo que sucede es que es un monstruo. Tiene siete cabezas".
"¿Y qué será de él en la vida?" Pregunté entre triste e impresionado. "No sé", me respondió, "probablemente lo lleven para cuidar algún lugar encantado, el acceso a un castillo, o un tesoro, porque - desgraciadamente - un dragón de siete cabezas es algo como un perro guardián, ni siquiera puede volar. Todo lo que hace es rugir y morder. No ve ni oye muy bien. Generalmente se guía por el olfato, y ataca con sus chorros de fuego a todo lo que se mueve. Si te fijas y lo miras bien, verás que es muy diferente de tí, y que no tiene esas escamas multicolores ni estas alas preciosas". Y me acariciaba la cabeza, jugando con mi cresta córnea y filosa como una sierra de carpintero, aunque para Madre fueran los Alpes de Transilvania.
Sucede que madre veía bien en la oscuridad, que es una habilidad característica que sólo poseen los dragones adultos; yo era muy joven y debía tomar como verdaderas sus palabras, ya que no tenía otra manera de conocer la realidad que me rodeaba, y la de fuera de la cueva.
Esta última era grande, espaciosa. Podía ver yo la entrada, directamente frente a mí, pero tan distante que se divisaba como un pequeño círculo de claridad pálida. Yo tampoco podía bajar al suelo, ya que no volaba aún, y lo imaginaba cubierto con una espesa alfombra de huesos y restos de cadáveres de los animales que constituían nuestro alimento, y que Madre nos traía a mis hermanos (corrijo: "a mi hermano") y a mí todas las noches, rigurosamente.
Mi padre rara vez venía a la cueva; estaba muy ocupado en su actividad de defensa de la Fortaleza, y sólo alguna que otra vez y en pleno día solía hacernos una visita (que siempre me parecía demasiado corta) a Madre, a mis hermanos (perdón, mi hermano) y a mí. Era enorme. Inmenso. Apenas pasaba por la entrada de la cueva. Cuando estaba adentro ocupaba casi todo el espacio, y Madre se acurrucaba a su lado como un gatito junto a su dueño. Yo nunca había visto un gatito, pero Madre me dijo que los gatitos eran unos pequeños animales peludos, con mucho gusto a goma (yo ignoraba qué era "goma", pero suponía que sería algo desagradable, por su expresión al contármelo).
Al borde de nuestro nido, la pared caía a pico como un acantilado. Como dije, la oscuridad era total, y decía mi padre que hacía frío. Lo que ocurría era que como los dragones variamos nuestra temperatura corporal acomodándola a la exterior, no sentimos nunca calor ni frío; por otra parte siempre nacemos, vivimos (largo tiempo) y morimos en países fríos. No sé por qué habra dicho mi padre eso. Entonces estábamos en Islandia, allí he nacido. Pero - pensaba yo - dentro de doscientos o trescientos años, cuando sea un adulto joven, me darán destino, y quizás vaya a Escocia, o Alemania, para cumplir con mi misión.
La educación de los dragones es siempre generosa en calidad y cantidad; debemos aprender idiomas, incluso los orientales, por si nos topamos alguna vez con un dragón chino o tailandés. Pero fundamentalmente debemos dominar las lenguas romances, el sajón, el normando, las lenguas germánicas y el ario, aparte del árabe, para entender y hacernos entender con los humanos que pretendan invadir nuestros dominios, ya que - como dice Madre - antes de usar de la violencia, (fuego, garras, coletazos) se debe extremar la diplomacia. Madre siempre hacía hincapié en esto de la diplomacia; quizás se debiera a su rígida formación en un castillo en el norte de Francia, cuyo propietario había sido - aparte de embajador ante distintas cortes - miembro del Clero.
Otra cosa que Madre nos enseñaba, (es decir, a mí, porque las cabezas de mi hermano cuando no estaban dormidas estaban distraídas en mil tonterías o mordiéndose unas a otras, era a tener cuidado con los ogros (que en esta zona se llaman Trolls), las brujas y los magos, pues quizás podría el día de mañana (es un decir, en realidad, dentro de quinientos años) tocarle a uno servir en casa de uno de éstos, y eran seres de un poder superior al de los humanos pero más perverso todavía, y podían inferirnos grandes daños físicos (o espirituales, porque no debe haber nada más deprimente que estar paralizado y sin respirar durante mil quinientos años, al ser víctima de un hechizo).
Cuando mis alas crecieron lo suficiente y se fortalecieron como para poder volar, pude al fin descender del nido al sucio piso de la inmensa cueva, y el tiempo me faltó para llegar - temblando de emoción - a la entrada. Afuera, sólo se veían piedras. Rocas grandes, chicas, medianas; ni un árbol, ni una flor, ni un pájaro. El cielo era de un azul grisáceo que parecía también ser de piedra como el suelo. Apoyándome en el umbral, bien asentado en mis garras delanteras, inspiré profundamente, y con toda la fuerza de mis pulmones lancé el aire fuera, en un soplido en el que me iba la vida. En ese momento, cuando el aire salía por entre mis quijadas, sentí como que se encendía algo en mi boca, y con asombro y felicidad pude contemplar cómo de ella salía una larga, poderosa y crepitante lengua de fuego que terminó en una leve humareda azulada. Mi emoción era indescriptible. Estaba listo para cumplir con mi destino. Listo para la vida.
Madre me miraba embobada. Lejos, se escuchaban como un coro asordinado, los gemidos de las siete bocas de mi hermano.
*********************
(De "De Castillos, Princesas y Dragones", 2003.
Tuesday, July 26, 2005
V I N O
Beberé un vaso de vino, un vaso de este magnífico licor padre de la inspiración, rojo como la sangre. ¡Qué placer sentir que mientras su sabor llena la boca y su calor enciende el pecho y calma al estómago, el glorioso espíritu atraviesa el paladar y llega a la cabeza! ¡Bebamos otro vaso de esta miel creadora! De este néctar sombrío, de ese sol encerrado en la botella. Años hemos estado cada cual en su recipiente, tú en el vidrio fresco, en la sombra mansa del reposo. Yo en la pesada envoltura de la carne; ahora somos uno. Estamos íntimamente entremezclados, y mi espíritu fluye en tí del mismo modo que el tuyo va llenando mi ámbito, y nos consumimos mutuamente en esta comunión excelsa y trascendente, en la que los dos somos una sola esencia. Te miro y noto que tú te consumirás antes de que yo vacíe todo lo que tengo. Veo que tu luz se va apagndo como se extinguieron las lámparas del fuego sagrado en los templos de la antiguedad. Yo permanezco inalterado, con mi fuego implícito dispuesto a estallar en mil incendios, con mi energía lista para saltar en mil estallidos, con la fuerza de mil potros salvajes, solamente dependiente de mi propio volumen y de tu inspiración. No me consumas si no piensas que vas a crear algo realmente valioso. Yo tampoco puedo desperdiciarme. Estás sentado frente a mí con los ojos vidriosos; ya no puedes expresar todo lo que sientes. En realidad advierto que tampoco sientes nada. Tu mano ha dejado caer el vaso que contenía parte de mí, olvidándote de todos los adjetivos conque me adornaste hace apenas unos instantes. Arrojándome como si yo, mi magnífica sangre trascendente, mi miel creadora, mi néctar sombrío, fueran algunos de los sucios humores de tu cuerpo. Te miro desde mi continente de cristal pensando con alivio que aún estoy aquí dentro, si bien reducido a la mitad de mi volumen primitivo, pero con posibilidades de encontrarme aun con otra mente más alta, de conjugar mi espíritu con otro más evolucionado y creador, y no el tuyo, hombre mediocre.
(De "De Adán a Frankenstein", Corregidor, 1994).
Monday, July 25, 2005
EVOCACION DE TULIA
Te pienso cual bacante,
blandiendo el tirso.
Quebrando tu cintura al ritmo del cántaro.
Te imagino amando con la intensidad mitológica
de tu cuerpo
atenaceado de ardores impíos
bajo el frío mármol lírico de tu piel.
Te imagino cantando,
con el cabello peinado por el viento;
te imagino ofreciendo
tu cuerpo puro al rito,
a la caricia,
y a la pasión dionisíaca.
Tulia, intelecto perfecto,
estuche de oro de una sensualidad
gigante,
infinita;
que encausaste embistiendo
por caminos disciplinados,
por haber recibido
una educación estricta.
Espero que ahora, lejos ya de mis ojos,
tu cántaro rebase, y vuelque el vino ardiente,
y Sileno y Dionisos te acaricien, lascivos,
y - ebria de amor - vibre tu entrega
dándote la paz que necesitas,
cuando llegue a su fin tu bacanal.
******************
blandiendo el tirso.
Quebrando tu cintura al ritmo del cántaro.
Te imagino amando con la intensidad mitológica
de tu cuerpo
atenaceado de ardores impíos
bajo el frío mármol lírico de tu piel.
Te imagino cantando,
con el cabello peinado por el viento;
te imagino ofreciendo
tu cuerpo puro al rito,
a la caricia,
y a la pasión dionisíaca.
Tulia, intelecto perfecto,
estuche de oro de una sensualidad
gigante,
infinita;
que encausaste embistiendo
por caminos disciplinados,
por haber recibido
una educación estricta.
Espero que ahora, lejos ya de mis ojos,
tu cántaro rebase, y vuelque el vino ardiente,
y Sileno y Dionisos te acaricien, lascivos,
y - ebria de amor - vibre tu entrega
dándote la paz que necesitas,
cuando llegue a su fin tu bacanal.
******************
Saturday, July 16, 2005
NARRATIVA SUBJETIVA Y OBJETIVA: "LA LAMPARA", (Del libro "La Hora Rosa/ La Hora Azul" Filofalsía,1987)
LA LAMPARA
Tucumán es un lugar mágico. Era más mágico en 1945, y más mágico aún para mis ojos de nueve años, sin preconceptos, todo percepción, y sin ataduras de relojes ni almanaques. Sólo tomaba en cuenta el día, tiempo de jugar, y la noche, tiempo de volver la las casas, pues venía la comida o la paliza, el cuento o el sermón, según el estado de ánimo de los mayores, y la óptica conque habían juzgado nuestro proceder y comportamiento del día. La única parte de la jornada que se podía medir, o que se destacara en el constante fluir de las horas era la siesta. La siesta era diferente porque era un período del día en el que se podía, si uno sabía eludir hábilmente la vigilancia de los sumos sacerdotes, salir con el fiel Cotó a cazar lagartijas rojas y plateadas que cruzaban como balazos el patio de tierra dura, o negros ututos que se escondían entre las piedras y los pastos grises de polvo.
A veces, un poco porque los mayores nos obligaban a tomar un baño y sentarnos en la galería, y otras veces porque el momento tenía su propio encanto, como un arcoiris particular y permanente, notábamos que existía el crepúsculo. Esa hora sutil en que todo se detiene y comienza a sonar la música de la tarde, mientras el cielo, como un camaleón enamorado, va tornando su blancoamarilo impío por el candoroso rosa, y cuando todo ha quedado como sutilmente bañado de pudor, del interior de cada estrella brota un surtidor de azul que va rociando el cielo, y poco a poco es todo azul alrededor; es azul el cielo, es azul el camino, el campo es como una inmensa llanura azul, y el azul va ganando poco a poco el corazón del hombre, que pierde así momentáneamente su condición de gris, para aparecer como algo trascendente, como algo verdaderamente acorde con la naturaleza, como aceptando el equilibrio, como devolviendo a las estrellas su mirada, suspendido en las dos notas del canto del crespín, que es como una piedra arrojada en el lago eterno y sereno de la soledad del hombre, puesta de manifiesto en la hora en que las voces se acallan, las pasiones se atemperan, y el universo entero parece meditar. Quizás por eso y no por otra razón se le llama a esa hora "la hora de la oración".
A la hora de la oración, precisamente, nos bañaban, nos peinaban, nos ponían ropa limpia, y en compañía del silencioso corro de familia - de familia de estancia, compuesto también por la servidumbre - sentados en la galería, mirábamos silenciosamente el cielo.
No fue la primera ni la segunda vez; tampoco la quinta. No sé cuántas veces
habremos llevado a cabo esta muda contemplación, cuando una tarde, mi madre, oprimiéndole el brazo a mi padre, exclamó: "Ñato, ¿qué es eso que brilla allí arriba?"
En aquellos tiempos un avión era algo bastante raro, y los dos que pasaban por semana eran algo muy claro y conocido: Tremendos Douglas a hélice que metían un batifondo infernal, y a los que, indiscriminadamente, se les daba el nombre de "Panagra". No. Esto no era un avión.
Era... una estrella roja. ¿ O no era una estrella? Era una luz anaranjada, como una pequeña luna, como una pandereta color ladrillo claro, que brotaba súbitamente de la nada, se agrandaba y desfilaba lentamente como un globo cautivo que reflejara los últimos rayos de un sol que para nosotros ya estaba puesto a nuestras espaldas, pues era sólo un reborde luminoso tras las cumbres del Aconquija, avanzando hacia nuestra izquierda, hacia el norte, como siguiendo una ruta preestablecida... Todos nos miramos. Caí en la cuenta de que esta luz había sido para mí siempre algo natural, que era algo que siempre había visto, pero que había asimilado como algo que fuera parte del paisaje, como una estrella más que se moviera, como la luna, como el monótono y triste llamado del crespín o el vuelo del atajacaminos. Todos nos miramos y yo descubrí algo en las caras pétreas de Ignacio, el manual, de Arturo, el jardinero, de Casilda, la cocinera. Algo que un niño de nueve años puede leer en el semblante de un adulto. Descubrí el terror.
La luz boyó despacio en el aire, a una altura que pienso podría ser de quinientos metros, y luego, lentamente, la vimos caer como cae un paracaidista, así, flotando, sobre lo que estimamos por la distancia seríian unas balanzas abandonadas del Ingenio Concepción. Lo recuerdo con claridad porque la balanza par caña de azúcar con su grúa es una construcción muy especial; y una balanza en ruinas tiene reminiscencias de castillo medieval, o de molino de viento para alguien de mi edad y de mi capacidad de imaginar en una época en que una palabra como "televisión" no tenía ningún sentido, y la única radio en varios kilómetros a la redonda la tenía mi padre, alimentada por una batería de automóvil y era un espectáculo al que venían a escuchar - y ver - los vecinos del lugar, como cosa extraordinaria.
El crepúsculo rosa cedió lugar al crepúsculo azul, y finalmente éste dió paso a la noche. Las estrellas se fortificaron, y cuando la luna era una luz grande en el cielo y las ventanas de las casas de la Estancia eran pequeñas luces de ocre temblor en la tierra, fuimos desfilando para el comedor, donde la cena transcurrió salpicada de comentarios sobre el inusual espectáculo que, con ser de todos los días, habíamos descubierto recién hoy. Se habló de aparecidos; nuestro padre nos contó a los niños un cuento en el que abundaban las princesas y los dragones, se hicieron planes para el día siguiente, y los niños nos fuimos a dormir.
Recién a la tarde siguiente, a la hora del mate - grandes y humeantes tazones de mate cocido, con trozos de tortilla con grasa y a veces una tajada de mortadela - la cocinera le contó a mi madre de qué se trataba la famosa luz anaranjada.
"Es la Lámpara, señora", le dijo casi sin abrir los labios, y mirando fijo al suelo. "Siempre aparece a la oración. Brota de la tierra. Raúl, el capataz, sabe de dónde sale. Ha de haber alguien o algo enterrado debajo. Es malo. No hay que hablar de eso". Con la alpargata puesta en chancleta y gris de tierra hacía huellas cruzadas en el piso. De pronto recordó que tenía algo al fuego, y se fue.
A la oración éramos varias personas más que lo acostumbrado mirando aparecer la Lámpara en el cielo. El rosa del aire pintaba sutiles expresiones en la cara del comisario Ferrari, un porteño que había sido destinado a esas soledades, y que compartía el único uniforme de la Repartición con el oficial, de modo que ahora, que el comisario estaba en casa, de visita, aquél estaría poco menos que en calzoncillos, pensaba yo. También un vecino de la zona, don Antonio Martín y sus hijos, Raúl el capataz y el manual Ignacio. El resto, mis padres, las mucamas, la gente de siempre, y nosotros, los chicos y los perros. La Lámpara apareció puntualmente a las ocho, flotó en el aire los minutos de siempre en dirección sur-norte, y descendió suave y silenciosa como una gota exacta sobre las ruinas de ladrillo, hierro y pastizal de la grúa del Ingenio Concepción. El rosa del cielo se hizo azul.
Pocas tardes después, volviendo mi padre en compañía del capataz Raúl Rojas de hacer un aparte de hacienda, a campo traviesa por el potrero de El Chivo, a unas cinco leguas al este de las casas, súbitamente brotó algo del suelo junto a él, con tanta violencia que asustó al caballo, y el animal casi lo voltea. El capataz apretó espuelas, y salió disparado, pero mi padre alcanzó a ver que lo que había asustado de tal modo al parejero era una bola de fuego, o de gas reverberante, de color cobrizo y de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que no emitía calor sino una luz suave, y un ronroneo parecido al de una lámpar de alcohol, o de gas de querosén. El también picó espuelas y alcanzó al capataz, quien rehusó todo diálogo, y al galope largo completaron el regreso.
Mi padre decidió a partir de esa noche organizar una expedición para excavar en el lugar por donde había aparecido el fenómeno, e inmediatamente se puso a seleccionar gente que quisiera acompañarlo en la empresa. Una humilde y respetuosa pero firme negativa fue la respuesta obtenida por parte del personal. Pasaron así varios días, y parecía que los planes de mi padre terminarían en un rotundo fracaso, cuando la casualidad quiso que las cosas se dieran de un modo tal que al fin pudo concretar sus intenciones. Mientras tanto la "Lámpara" cumplía su recorrido inmutable cada atardecer, ritmada por los crespines, los machilos, y los atajacaminos.
Había llegado a la Estancia una familia de santafesinos de apellido Juárez. Varios hermanos con sus mujeres e hijos. Toda gente joven, simpática y voluntariosa. Sólo que eran mal mirados por la peonada y la gente del establecimiento en general, porque no practicaban la religión católica. Les llamaban "los evangelistos".
Eran limpios y bien encarados. Pronto se les dio a los varones trabajos de cierta responsabilidad, pues demostraron rápidamente habilidad para las tareas del campo, además que conquistaron a mi padre al coincidir con él en el trabajo a palenque, ya que en el norte de nuestro país no se trabajaba así en esos tiempos, sino que siempre se pialaba para marcar, capar, curar, etc., con la lógica pérdida de tiempo, pero modalidades son modalidades, y eso había traído bastantes dolores de cabeza a mi padre, ya que una vez hasta le habían largado un toro, que no lo atropelló porque pese a sus cincuenta años pudo superar de un salto el alambrado de cinco hilos...
No es necesario ser muy inteligente para darse cuenta de quiénes integraron el equipo de seis hombres montados en mulas aviadas con palas, picos, cuerdas, cadenas, faroles, etc.; también entre los que avanzaban aquella tarde como hormigas recortadas contra el horizonte de pasto duro se encontraban el comisario Ferrari, el capataz Raúl Rojas, el vecino Martín, mi padre... y yo no, porque por mi edad no se me había permitido integrar la caravana, pero estaba en casa presa de gran ansiedad, y no podía dejar de pensar en ellos, y hasta me subí al techo de la cocina, mientras hubo luz, para ver si podía atisbar algo sobre los expedicionarios, maniobra ilusa, ya que el potrero de El Chivo ondeaba sus pastizales a una distancia de alrededor de diez kilómetros de la casa.
Finalmente llegaron los aventureros al lugar desde donde se esperaba ver salir a la luz mala. En el silencio que precede siempre a los grandes acontencimientos, sólo quebrado por la voz de mi padre que daba breves indicaciones alternándolas con comentarios sobre si habría enterrados huesos o metales quizás preciosos - pues sostenía que las emanaciones podían de ser de fósforo, o de algo que se encendía al tomar contacto con el aire - la gente, callada, apretaba los carrillos y esperaba.
Las siete. Las ocho. El crepúsculo empezó a retirarse. Con las primeras estrellas el cielo se iba bañando lentamente de azul.
La Lámpara esa noche no salió. No salió más. Nunca más. La noche cayó súbitamente, algo después de las nueve; cuando el sol se ocultó detrás del Aconquija, la caravana comenzó el regreso a las casas, al paso, de a dos en fondo, con ocasionares comentarios en voz baja, y algún silbido, salpicados por las lucecitas rojas de los puchos.
J.C.Lavarello. (De "La Hora Rosa/La Hora Azul", Filofalsía, 1987)
UTUTO: Chelco, pequeño lagarto negro, venenoso.
PANAGRA: Antigua línea aérea estadounidense.
CRESPIN, MACHILO, ATAJACAMINOS: Distintos pájaros crepusculares. El machilo puede aparecer en cualquier momento del día. También se le llama pirincho, y a veces urraca, en el sud de nuestro país.
Thursday, July 14, 2005
OTRA POESíA - "OISTE VOCES" (Ante la tumba de Pablo Neruda)
Oiste Voces
Oíste muchas voces grandes.
El canto profundo del mar.
El himno del cielo en la tormenta.
La fuerza de la tierra te dio voz
para cantarla.
Soñaste con una América hermanada.
Ahora, proa al mar,
acompañado del amor
-que siempre fue tu espuela-
firme y paciente sostienes la mirada
de millones de estrellas
y escuchas el concierto apasionado
de las voces del mar y de la tierra.
Isla Negra, Chile, 6-1-96
JUAN CARLOS LAVARELLO
Nota: Este poema figura en la antología "Poesía en Marcha, Memoria en Movimiento - Poetas de la Provincia de Buenos Aires", editada por la subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires, en noviembre de 1999.
Oíste muchas voces grandes.
El canto profundo del mar.
El himno del cielo en la tormenta.
La fuerza de la tierra te dio voz
para cantarla.
Soñaste con una América hermanada.
Ahora, proa al mar,
acompañado del amor
-que siempre fue tu espuela-
firme y paciente sostienes la mirada
de millones de estrellas
y escuchas el concierto apasionado
de las voces del mar y de la tierra.
Isla Negra, Chile, 6-1-96
JUAN CARLOS LAVARELLO
Nota: Este poema figura en la antología "Poesía en Marcha, Memoria en Movimiento - Poetas de la Provincia de Buenos Aires", editada por la subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires, en noviembre de 1999.
Monday, July 11, 2005
ALGO PREVIO (de CRONICAS DE LA PARANOIA)
Lector: ¿Has pensado alguna vez que la imaginación es como el oxígeno? Este gas tiende a expandirse y favorece la vida, y el hombre lo mete en pequeños reductos como garrafas y cañerías con el pretexto de aprovechar su utilidad.
La libertad de imaginar es la madre del pensamiento activo, de la creación. No digo que vayas a pasarte la vida imaginando, por ejemplo, manzanas con forma de cubo, fáciles de apilar, o un sol azul, que iluminar un bosque constituído por manos humanas del tamaño de grandes árboles, que movieran sus dedos constantemente en un reclamo iningeligible; o que un viernes por la tarde se escucharan las arpas eólicas o el canto del zorzal... en Corrientes y Carlos Pellegrini. Ya dijo Kipling: "Si puedes soñar sin que los sueños imperiosamente te dominen/si puedes pensar, sin que los pensamientos sean tu motivo único..." ("If").
No obstante, la intención de las páginas que siguen es reconocer en su justo valor al libre juego de la imaginación, precioso para la salud del cuerpo y de la mente. Al imaginar sacamos de su encierro a lo más libre que hay en nosotros.
La mente en libertad puede proyectarse y volar hacia horizontes inexpresables. Eso produce mucho temor al hombre de nuestra cultura, ya que vive constantemente preocupado por el paso del tiempo, y po cómo canalizar su actividad imaginativa parq que le rinda mayor provecho material durante su paso por esta tierra.
El temor a imaginar es el temor a pensar, a crear, a decidir. Y entonces, cuando el hombre se ve obligado a hacerlo ("El hombre está condenado a ser libre", Sartre, El Ser y la Nada, pág. 515) muchas veces no es capaz de soportar esa responsabilidad, y busca transferírsela a los demás en base a los argumentos más descabellados con tal de justificar sus actos, sobre todo ante sí mismo.
Erich Fromm, en El Miedo a la Libertad, da un buen ejemplo en el capítulo IV, al final, cuando habla de que "el hombre no puede sobrellevar la carga que le impone la libertad de"; dice que "Las principales formas colectivas de evasión en nuestra época están representadas por la sumisión a un líder, tal como ocurrió en los países fascistas, y el conformismo compulsivo automático que prevalece en nuestras democracias". El capítulo V, habla primordialmente del "Autoritarismo", que es una de las principales formas de evasión.
Los personajes de la última parte de este breve libro, si bien tienen las tintas un poco cargadas, se ubican - o llevan la intención de ubicarse - con total claridad en determinados módulos de nuestra cultura, y si tú, querido lector, te sientes identificado con alguno de ellos, no lo tomes amal, pero deberías ver a un terapeuta...
El Autor
Totalmente Irresponsable.
B A B E L
Metaforismos
El repicar de las campanas salpicaba de alegría el rosa del amanecer.
Los niños marchaban apurados camino de la escuela, trazando fórmulas matemáticas con el movimiento de sus piernas.
El viento peinaba los árboles del bosque, quitándoles el sueño de la noche, y el sol les lavaba las sombras, par aque empezaran bien el día.
Al salir el sol, su luz hacía comprender las cosas, y la realidad asumía su forma definitiva.
El sol era un gran desayuno caliente en la mañana helada.
Los altos álamos miraban lánguidamente pasar el camino, como solteronas nostálgicas.
El tañido de la campana sembraba soledad en la tarde de invierno.
Las sombras de la noche hacían relativas la realidad, las medidas y las formas.
En la noche helada, las estrellas miraban los actos de los hombres con ojos críticos.
Luego de la noche, con el sol, se puede conocer la edad real de las mujeres, la calidad de la ropa, y la veracidad de las palabras.
DE LA AMBIGUEDAD DEL IDIOMA
Para expresar una idea o un sentimiento, uno debe utilizar el lencuaje de los demás, ya que para comunicarse el hombre necesita de una clave que sea conocida por el que habla o escribe y por el que escucha o lee. Y a ella debe ajustar su expresión.
Por eso mismo si uno quisiera expresar exactamente su pensar o sentir tendría que inventar las palabras, debería disponer de un idioma propio. Pero si el idioma es comunicación, para que alguien comprendiera su intención, uno debería enseñarle ese idioma, y a partir de ese momento éeste dejaría de pertenecerle, y así sucesivamente hasta el infinito.
Yo, hasta ahora, he inventdo pocas palabras. He tenido ganas de inventar más, pero he preferido adaptarme al lenguaje de los demás por dos razones: La primera, que las lenguas existentes se aproximan bastante con su capacidad de definición a lo que yo he querido expresar, y en segundo lugar me parece un poco presuntuoso de mi parte pretender que el resto de la sociedad se ponga en la tarea de aprender mi propia lengua, ya que después de todo, el que escucha o lee nunca percibe exactamente lo que quiere transmitir el que habla o esc4ribe, sino que lo enriquece con sus spropias vivencias, hasta el punto de explicarle al dicente o autor lo que quiso decir. Un ejemplo muy claro de esto es el Jonás del cuento de Camus, que cayó desmayado luego de escribir en el techo "solidaire ou solitaire", ya que todos pretendían hasta el agotamiento explicarle qué había querido expresar en los cuadros que había pintado.
RELOJERIAS
El Tiempo es una cosa que da vueltas en el reloj.
(Cuando escribí esto, aún no se habían inventado los relojes digitales).
Era llano como las nueve y cuarto.
Cuando las nueve y cuarto y las tres menos cuarto se van a visitar, siempre se desencuentran.
Era obtuso como las once y veinte.
Las doce es una hora de ceño fruncido y gesto adusto.
No hay nada tan alicaído como las seis y veinticinco.
Ni tan pesimista como las seis y media.
El reloj brindaba hospitalidad con las diez y diez de sus brazos.
Las ocho y veinte son un señior con bigotes.
Era astuto y sigiloso como las doce menos cinco.
El reloj es una sucesión de infinitos ángulos. Es decir, infinitos no. Hay unseñor que dice que son exactamente ciento veintinueve mil seiscientos.
Es curioso cómo los ángulos se parecen a los hombres:
Agudos unos,
obtusos otros,
rectos los menos,
llanos los más.
Un ángulo convexo es un ángulo que antes era infiel.
(O es todo lo que hay alrededor de unángulo cóncavo).
No hay nada más femenino que la una.
Las ocho parecen un burgués bajito haciendo el saludo fascista.
Las siete se mueren de languidez esperando que sean las siete y media, para apoyarse en el minutero.
Las siete menos veinte. Una navaja de afeitar a medio abrir.
(¿Se acuerdan de las navajas de afeitar?)
Las tres: A la torta del reloj le falt un pedazo.
Había un reloj tan egoísta, que en vez de dar las horas las prestaba.
El reloj de sol suspira, porque de noche se convierte en reloj de luna.
Aquel reloj de arena tenía un secreto: Una vez lo habían usado para hervir un huevo.
La luna es un reloj sin agujas. Por eso la prefieren los enamorados. Para ellos, el tiempo no existe.
El reloj es el corazón de los hombres de negocios. Bueno, tic-tac, hace...
Por eso no tienen reloj los poetas.
Reloj de sol: Un ángulo consigo mismo.
Probado: Cleopatra nunca tuvo una clepsidra digital.
Tontería del hombre: Pretender medir el tiempo, como si éste transcurriera.
Los que transcurrimos somos nosotros.
Once de Julio, basta por hoy, NULLA DIE SINE LINEA. A bientôt. JUAN CARLOS
Friday, July 08, 2005
UN POCO DE SURREALISMO - TROZOS DE UNA NOVELA INEDITA, ESCRITA EN 1989
EL DIA EN QUE PERDI A RAMON
El día en que perdí a Ramón era brillante como deberían ser siempre los domingos. Bandadas de pájaros triangulares, de un opaco gris azulado, pasaban volando al sesgo, rayando el azul purísimo del cielo. A veces gritaban, con un vibrante grito anaranjado. El aire fresco, aromado de mil aromas, caía sobre nosotros como una cascada de inexistentes flores de manzano. El mundo cantaba su polícroma alegría de vivir.
Ramón se me había adelantado por la carretera de azúcar. Caminaba más rápido que yo, y con su traje marrón rayado parecía un gran tapón de corcho que se desplazaba hacia la ciudad, empujado por la brisa. El campo, a mi alrededor, movía el abanico del horizonte, variándolo constantemente. Las vacas, un tanto ausentes en su rumiar, y otros animales que no sé identificar, levantaban la cabeza a mi paso, para saludarme alegremente.
Una nube de algodón estalló en mil pedazos, que fueron desfilando despacito delante del sol, tamizando su luz para que no hiriera tan vivamente mis ojos.
Finalmente llegué a la ciudad.
Casas. Casas, casas, casas. Grandes, chicas, unas sobre otras como amontonadas, agazapadas, acechantes, con ventanas como ojos grandes, chicos, cuadrados, redondos, oblícuos, con persianas como párpados abiertos al asombro, entornados por la codicia, cerrados por el sueño.
Casas con balcones como guirnaldas, y con guirnaldas en los balcones; ropa tendida que los empavesa como barcos permanentemente anclados en un sitio que es todo puerto, con un agua de gente que fluye y refluye, que viene y que va.
La calle, empedrada de gris húmedo, ascendía como una serpiente perezosa, y era tan empinada ahora que tentado estuve - como Chesterton - de levantar una tapa de resumidero para ver si había estrellas.
Cuando llegué arriba me pareció ver a Ramón, cien metros más adelante, avanzando trabajosamente. "¡Ramón!" grité, y al conjuro de mi grito las ventanas y las puertas se animaron; decenas, cientos de cabezas aparecieron en sus vanos. Cabezas, cabezas, cabezas con largos cuellos, como extraños reptiles. Sonreían. Abrían sus grandes bocas y gritaban "Ramón, Ramón", y reían, con carcajadas sin dientes, y grandes lenguas rosadas. "¿Vieron a Ramón?" les pregunté. Casi ninguno tenía ojos. En su mayoría eran sólo caras con boca y oídos. "Ramón, Ramón" repetían balanceando sus cabezas en el extremo de sus largos cuellos. "Ramón... ¡ja, ja!, Ramón..."
Sí, algunos tenían ojos. Pero eran unos ojos que parecían garras, que me siguieron largo rato pero no pudieron atraparme.
Arriba, por encima de las cornisas donde las macetas coloridas con flores inocentes y ajenas remataban el peinado de las casas, el cielo, esa calle azul de arriba, se oscureció de pronto. Se hizo gris, y comenzó a refunfuñar. Se acercaba la tormenta.
En una bocacalle, un grupo de chiquillos vestidos de pobreza me salieron al paso. "¿Vieron a Ramón?" les pregunté. Tenían grandes y hambrientos los ojos y las manos.
Busqué en mi corazón, saqué un puñado de ilusiones, y se las repartí pensando contentarlos. Inmediatamente se dedicaron a destrozarlas, y a escarnecer sus restos entre saltos, risas y morisquetas.
"¡Ramón, Ramón!", gritaban.
Al alejarme me tiraron algunas piedras. Ramón. Ramón.
Comenzó a llover. Primero fueron monedas de plata, que ángeles aburridos distribuían con desgano sobre la casa del pobre y el rico, del sano y el enfermo, del espléndido y el avaro. Algunas caían a mis pies, pero al igual que mis gritos no despertaban ningún eco. Muchas de ellas se derretían, bañando de plata los árboles, las rejas, los frentes de las casas.
Arreciaba, y me cobijé en un umbral. Ahora caían Espadas de Justicia. Brillantes. Eficientes. Una cayó cerca de mí, dio contra una piedra, rebotó y atravesó a un niño pequeño, dejándolo clavado en el piso. Presto se la saqué; me miró agradecido. Tenía los ojos y las manos azules. Al verse libre corrió a su casa, abrazado a una mandioca. Miré la espada en mi mano. "Made in... algo", se leía en la hoja. Quemaba de frío. La solté enseguida, y se deshizo.
Ramón.
Alguien que se encontraba a mis espaldas, me tocó el hombro. Un hombre todo dientes y ojos me invitaba a entrar. Tras de sí, una mujer de grandes pechos blandos y abundantes caderas, que parecía un cactus mustio, se secaba las manos en un delantal a cuadritos. Sobre lsu cabeza, un halo de ruleros se cobijaba bajo el ala de un pañuelo de color cansado.
"¿Cuánto tienes?" me preguntaron.
Busqué nuevamente en mi corazón. Saqué esperanzas. Las exhibí. Me miraron con sorna. No me atreví a sacar la Fé. La tenía en el fondo, porque si nó se expande y llena todo, y no queda lugar para más.
Se hicieron a un lado, y me dejaron entrar.
****************************** Gral. Pacheco, 1989
Thursday, July 07, 2005
ALGO DE POESIA SIEMPRE VIENE BIEN
G R A T I A
Una esperanza, una ilusión, un pájaro,
el movimiento, la vida, la energía,
un astro, un río, el tiempo día a día,
el Universo, un ruiseñor, un sábado.
Un hombre, un sueño, una mujer, un cielo,
un amor que avasalla todo obstáculo,
una fe que colma todo su habitáculo,
y un fuego ardiente que derrite el hielo.
Una alegría que desborda el vaso,
una felicidad que se arrebata,
una pasión que surge, y se desata;
una luz que ilumina sin ocaso.
Un aire nuevo que penetra el alma,
una música de vívida armonía,
y una maravillosa melodía
que embarga los instintos, y los calma.
Una paz, un tremor tibio y fragante,
un aroma que inunda los sentidos
y al corazón apura los latidos,
y hace vivir un siglo en un instante.
Eso es la gracia; es ese don divino
que alcanzaremos con tesón y empeño;
que bendice el esfuerzo, y cumple el sueño
de ver a Dios al tope del camino.
Gral. Pacheco, 16/9/03
