Thursday, July 28, 2005
D R A G O N
Recuerdo haber sentido una gran emoción cuando escupí fuego por primera vez. Madre siempre me decía: "Sólo tienes que desearlo. Pero fuertemente. Hasta que no escupas fuego no serás un dragón verdadero; y recuerda: Nada se le niega a quien desea algo con todo el corazón".
Yo me quedaba mirándola, con los ojos muy abiertos, con la tremenda perplejidad que se siente ante lo que se cree imposible. ¡Escupir fuego!
El nido estaba alto, en el fondo de la cueva oscura, y yo no podía saber cuántos hermanos éramos. Oía sus gemidos, y sentía el roce de sus cuerpos, pero la oscuridad sólo se alteraba con la presencia de Madre, cuyos ojos, rojos y hermosos como dos brasas iluminaban nuestro pobre lecho de hierbas secas y pelos de animales. Yo disfrutaba en grande cada vez que Madre nos traía el alimento; una pequeña cabra, un perro lanudo, un lobo, sesenta murciélagos (bueno, no sé cuántos eran, pero era una cantidad considerable); una vez que trajo un jabalí, que chillaba como un demonio, me contó que en una ocasión mi padre se había comido a un ser humano. Esa historia me había impresionado bastante. Muy rara vez, según se me había dicho, un dragón lograba comerse a un hombre; (generalmente era vencido por ellos), pero para eso había que tener mucha astucia. Ocurre que yo no sabía qué era la astucia, y pensaba que sería una clase especial de hambre.
Se ve que yo sería el preferido, porque Madre pasaba más tiempo conmigo que con mis hermanos. Una vez le pregunté: "¿Por qué lo haces? ¿Por qué me mimas tanto a mí, y no a los otros?" "Hijo", me contestó. "No son 'los otros'; tienes sólo un hermano. Lo que sucede es que es un monstruo. Tiene siete cabezas".
"¿Y qué será de él en la vida?" Pregunté entre triste e impresionado. "No sé", me respondió, "probablemente lo lleven para cuidar algún lugar encantado, el acceso a un castillo, o un tesoro, porque - desgraciadamente - un dragón de siete cabezas es algo como un perro guardián, ni siquiera puede volar. Todo lo que hace es rugir y morder. No ve ni oye muy bien. Generalmente se guía por el olfato, y ataca con sus chorros de fuego a todo lo que se mueve. Si te fijas y lo miras bien, verás que es muy diferente de tí, y que no tiene esas escamas multicolores ni estas alas preciosas". Y me acariciaba la cabeza, jugando con mi cresta córnea y filosa como una sierra de carpintero, aunque para Madre fueran los Alpes de Transilvania.
Sucede que madre veía bien en la oscuridad, que es una habilidad característica que sólo poseen los dragones adultos; yo era muy joven y debía tomar como verdaderas sus palabras, ya que no tenía otra manera de conocer la realidad que me rodeaba, y la de fuera de la cueva.
Esta última era grande, espaciosa. Podía ver yo la entrada, directamente frente a mí, pero tan distante que se divisaba como un pequeño círculo de claridad pálida. Yo tampoco podía bajar al suelo, ya que no volaba aún, y lo imaginaba cubierto con una espesa alfombra de huesos y restos de cadáveres de los animales que constituían nuestro alimento, y que Madre nos traía a mis hermanos (corrijo: "a mi hermano") y a mí todas las noches, rigurosamente.
Mi padre rara vez venía a la cueva; estaba muy ocupado en su actividad de defensa de la Fortaleza, y sólo alguna que otra vez y en pleno día solía hacernos una visita (que siempre me parecía demasiado corta) a Madre, a mis hermanos (perdón, mi hermano) y a mí. Era enorme. Inmenso. Apenas pasaba por la entrada de la cueva. Cuando estaba adentro ocupaba casi todo el espacio, y Madre se acurrucaba a su lado como un gatito junto a su dueño. Yo nunca había visto un gatito, pero Madre me dijo que los gatitos eran unos pequeños animales peludos, con mucho gusto a goma (yo ignoraba qué era "goma", pero suponía que sería algo desagradable, por su expresión al contármelo).
Al borde de nuestro nido, la pared caía a pico como un acantilado. Como dije, la oscuridad era total, y decía mi padre que hacía frío. Lo que ocurría era que como los dragones variamos nuestra temperatura corporal acomodándola a la exterior, no sentimos nunca calor ni frío; por otra parte siempre nacemos, vivimos (largo tiempo) y morimos en países fríos. No sé por qué habra dicho mi padre eso. Entonces estábamos en Islandia, allí he nacido. Pero - pensaba yo - dentro de doscientos o trescientos años, cuando sea un adulto joven, me darán destino, y quizás vaya a Escocia, o Alemania, para cumplir con mi misión.
La educación de los dragones es siempre generosa en calidad y cantidad; debemos aprender idiomas, incluso los orientales, por si nos topamos alguna vez con un dragón chino o tailandés. Pero fundamentalmente debemos dominar las lenguas romances, el sajón, el normando, las lenguas germánicas y el ario, aparte del árabe, para entender y hacernos entender con los humanos que pretendan invadir nuestros dominios, ya que - como dice Madre - antes de usar de la violencia, (fuego, garras, coletazos) se debe extremar la diplomacia. Madre siempre hacía hincapié en esto de la diplomacia; quizás se debiera a su rígida formación en un castillo en el norte de Francia, cuyo propietario había sido - aparte de embajador ante distintas cortes - miembro del Clero.
Otra cosa que Madre nos enseñaba, (es decir, a mí, porque las cabezas de mi hermano cuando no estaban dormidas estaban distraídas en mil tonterías o mordiéndose unas a otras, era a tener cuidado con los ogros (que en esta zona se llaman Trolls), las brujas y los magos, pues quizás podría el día de mañana (es un decir, en realidad, dentro de quinientos años) tocarle a uno servir en casa de uno de éstos, y eran seres de un poder superior al de los humanos pero más perverso todavía, y podían inferirnos grandes daños físicos (o espirituales, porque no debe haber nada más deprimente que estar paralizado y sin respirar durante mil quinientos años, al ser víctima de un hechizo).
Cuando mis alas crecieron lo suficiente y se fortalecieron como para poder volar, pude al fin descender del nido al sucio piso de la inmensa cueva, y el tiempo me faltó para llegar - temblando de emoción - a la entrada. Afuera, sólo se veían piedras. Rocas grandes, chicas, medianas; ni un árbol, ni una flor, ni un pájaro. El cielo era de un azul grisáceo que parecía también ser de piedra como el suelo. Apoyándome en el umbral, bien asentado en mis garras delanteras, inspiré profundamente, y con toda la fuerza de mis pulmones lancé el aire fuera, en un soplido en el que me iba la vida. En ese momento, cuando el aire salía por entre mis quijadas, sentí como que se encendía algo en mi boca, y con asombro y felicidad pude contemplar cómo de ella salía una larga, poderosa y crepitante lengua de fuego que terminó en una leve humareda azulada. Mi emoción era indescriptible. Estaba listo para cumplir con mi destino. Listo para la vida.
Madre me miraba embobada. Lejos, se escuchaban como un coro asordinado, los gemidos de las siete bocas de mi hermano.
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(De "De Castillos, Princesas y Dragones", 2003.
