Saturday, July 16, 2005
NARRATIVA SUBJETIVA Y OBJETIVA: "LA LAMPARA", (Del libro "La Hora Rosa/ La Hora Azul" Filofalsía,1987)
LA LAMPARA
Tucumán es un lugar mágico. Era más mágico en 1945, y más mágico aún para mis ojos de nueve años, sin preconceptos, todo percepción, y sin ataduras de relojes ni almanaques. Sólo tomaba en cuenta el día, tiempo de jugar, y la noche, tiempo de volver la las casas, pues venía la comida o la paliza, el cuento o el sermón, según el estado de ánimo de los mayores, y la óptica conque habían juzgado nuestro proceder y comportamiento del día. La única parte de la jornada que se podía medir, o que se destacara en el constante fluir de las horas era la siesta. La siesta era diferente porque era un período del día en el que se podía, si uno sabía eludir hábilmente la vigilancia de los sumos sacerdotes, salir con el fiel Cotó a cazar lagartijas rojas y plateadas que cruzaban como balazos el patio de tierra dura, o negros ututos que se escondían entre las piedras y los pastos grises de polvo.
A veces, un poco porque los mayores nos obligaban a tomar un baño y sentarnos en la galería, y otras veces porque el momento tenía su propio encanto, como un arcoiris particular y permanente, notábamos que existía el crepúsculo. Esa hora sutil en que todo se detiene y comienza a sonar la música de la tarde, mientras el cielo, como un camaleón enamorado, va tornando su blancoamarilo impío por el candoroso rosa, y cuando todo ha quedado como sutilmente bañado de pudor, del interior de cada estrella brota un surtidor de azul que va rociando el cielo, y poco a poco es todo azul alrededor; es azul el cielo, es azul el camino, el campo es como una inmensa llanura azul, y el azul va ganando poco a poco el corazón del hombre, que pierde así momentáneamente su condición de gris, para aparecer como algo trascendente, como algo verdaderamente acorde con la naturaleza, como aceptando el equilibrio, como devolviendo a las estrellas su mirada, suspendido en las dos notas del canto del crespín, que es como una piedra arrojada en el lago eterno y sereno de la soledad del hombre, puesta de manifiesto en la hora en que las voces se acallan, las pasiones se atemperan, y el universo entero parece meditar. Quizás por eso y no por otra razón se le llama a esa hora "la hora de la oración".
A la hora de la oración, precisamente, nos bañaban, nos peinaban, nos ponían ropa limpia, y en compañía del silencioso corro de familia - de familia de estancia, compuesto también por la servidumbre - sentados en la galería, mirábamos silenciosamente el cielo.
No fue la primera ni la segunda vez; tampoco la quinta. No sé cuántas veces
habremos llevado a cabo esta muda contemplación, cuando una tarde, mi madre, oprimiéndole el brazo a mi padre, exclamó: "Ñato, ¿qué es eso que brilla allí arriba?"
En aquellos tiempos un avión era algo bastante raro, y los dos que pasaban por semana eran algo muy claro y conocido: Tremendos Douglas a hélice que metían un batifondo infernal, y a los que, indiscriminadamente, se les daba el nombre de "Panagra". No. Esto no era un avión.
Era... una estrella roja. ¿ O no era una estrella? Era una luz anaranjada, como una pequeña luna, como una pandereta color ladrillo claro, que brotaba súbitamente de la nada, se agrandaba y desfilaba lentamente como un globo cautivo que reflejara los últimos rayos de un sol que para nosotros ya estaba puesto a nuestras espaldas, pues era sólo un reborde luminoso tras las cumbres del Aconquija, avanzando hacia nuestra izquierda, hacia el norte, como siguiendo una ruta preestablecida... Todos nos miramos. Caí en la cuenta de que esta luz había sido para mí siempre algo natural, que era algo que siempre había visto, pero que había asimilado como algo que fuera parte del paisaje, como una estrella más que se moviera, como la luna, como el monótono y triste llamado del crespín o el vuelo del atajacaminos. Todos nos miramos y yo descubrí algo en las caras pétreas de Ignacio, el manual, de Arturo, el jardinero, de Casilda, la cocinera. Algo que un niño de nueve años puede leer en el semblante de un adulto. Descubrí el terror.
La luz boyó despacio en el aire, a una altura que pienso podría ser de quinientos metros, y luego, lentamente, la vimos caer como cae un paracaidista, así, flotando, sobre lo que estimamos por la distancia seríian unas balanzas abandonadas del Ingenio Concepción. Lo recuerdo con claridad porque la balanza par caña de azúcar con su grúa es una construcción muy especial; y una balanza en ruinas tiene reminiscencias de castillo medieval, o de molino de viento para alguien de mi edad y de mi capacidad de imaginar en una época en que una palabra como "televisión" no tenía ningún sentido, y la única radio en varios kilómetros a la redonda la tenía mi padre, alimentada por una batería de automóvil y era un espectáculo al que venían a escuchar - y ver - los vecinos del lugar, como cosa extraordinaria.
El crepúsculo rosa cedió lugar al crepúsculo azul, y finalmente éste dió paso a la noche. Las estrellas se fortificaron, y cuando la luna era una luz grande en el cielo y las ventanas de las casas de la Estancia eran pequeñas luces de ocre temblor en la tierra, fuimos desfilando para el comedor, donde la cena transcurrió salpicada de comentarios sobre el inusual espectáculo que, con ser de todos los días, habíamos descubierto recién hoy. Se habló de aparecidos; nuestro padre nos contó a los niños un cuento en el que abundaban las princesas y los dragones, se hicieron planes para el día siguiente, y los niños nos fuimos a dormir.
Recién a la tarde siguiente, a la hora del mate - grandes y humeantes tazones de mate cocido, con trozos de tortilla con grasa y a veces una tajada de mortadela - la cocinera le contó a mi madre de qué se trataba la famosa luz anaranjada.
"Es la Lámpara, señora", le dijo casi sin abrir los labios, y mirando fijo al suelo. "Siempre aparece a la oración. Brota de la tierra. Raúl, el capataz, sabe de dónde sale. Ha de haber alguien o algo enterrado debajo. Es malo. No hay que hablar de eso". Con la alpargata puesta en chancleta y gris de tierra hacía huellas cruzadas en el piso. De pronto recordó que tenía algo al fuego, y se fue.
A la oración éramos varias personas más que lo acostumbrado mirando aparecer la Lámpara en el cielo. El rosa del aire pintaba sutiles expresiones en la cara del comisario Ferrari, un porteño que había sido destinado a esas soledades, y que compartía el único uniforme de la Repartición con el oficial, de modo que ahora, que el comisario estaba en casa, de visita, aquél estaría poco menos que en calzoncillos, pensaba yo. También un vecino de la zona, don Antonio Martín y sus hijos, Raúl el capataz y el manual Ignacio. El resto, mis padres, las mucamas, la gente de siempre, y nosotros, los chicos y los perros. La Lámpara apareció puntualmente a las ocho, flotó en el aire los minutos de siempre en dirección sur-norte, y descendió suave y silenciosa como una gota exacta sobre las ruinas de ladrillo, hierro y pastizal de la grúa del Ingenio Concepción. El rosa del cielo se hizo azul.
Pocas tardes después, volviendo mi padre en compañía del capataz Raúl Rojas de hacer un aparte de hacienda, a campo traviesa por el potrero de El Chivo, a unas cinco leguas al este de las casas, súbitamente brotó algo del suelo junto a él, con tanta violencia que asustó al caballo, y el animal casi lo voltea. El capataz apretó espuelas, y salió disparado, pero mi padre alcanzó a ver que lo que había asustado de tal modo al parejero era una bola de fuego, o de gas reverberante, de color cobrizo y de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que no emitía calor sino una luz suave, y un ronroneo parecido al de una lámpar de alcohol, o de gas de querosén. El también picó espuelas y alcanzó al capataz, quien rehusó todo diálogo, y al galope largo completaron el regreso.
Mi padre decidió a partir de esa noche organizar una expedición para excavar en el lugar por donde había aparecido el fenómeno, e inmediatamente se puso a seleccionar gente que quisiera acompañarlo en la empresa. Una humilde y respetuosa pero firme negativa fue la respuesta obtenida por parte del personal. Pasaron así varios días, y parecía que los planes de mi padre terminarían en un rotundo fracaso, cuando la casualidad quiso que las cosas se dieran de un modo tal que al fin pudo concretar sus intenciones. Mientras tanto la "Lámpara" cumplía su recorrido inmutable cada atardecer, ritmada por los crespines, los machilos, y los atajacaminos.
Había llegado a la Estancia una familia de santafesinos de apellido Juárez. Varios hermanos con sus mujeres e hijos. Toda gente joven, simpática y voluntariosa. Sólo que eran mal mirados por la peonada y la gente del establecimiento en general, porque no practicaban la religión católica. Les llamaban "los evangelistos".
Eran limpios y bien encarados. Pronto se les dio a los varones trabajos de cierta responsabilidad, pues demostraron rápidamente habilidad para las tareas del campo, además que conquistaron a mi padre al coincidir con él en el trabajo a palenque, ya que en el norte de nuestro país no se trabajaba así en esos tiempos, sino que siempre se pialaba para marcar, capar, curar, etc., con la lógica pérdida de tiempo, pero modalidades son modalidades, y eso había traído bastantes dolores de cabeza a mi padre, ya que una vez hasta le habían largado un toro, que no lo atropelló porque pese a sus cincuenta años pudo superar de un salto el alambrado de cinco hilos...
No es necesario ser muy inteligente para darse cuenta de quiénes integraron el equipo de seis hombres montados en mulas aviadas con palas, picos, cuerdas, cadenas, faroles, etc.; también entre los que avanzaban aquella tarde como hormigas recortadas contra el horizonte de pasto duro se encontraban el comisario Ferrari, el capataz Raúl Rojas, el vecino Martín, mi padre... y yo no, porque por mi edad no se me había permitido integrar la caravana, pero estaba en casa presa de gran ansiedad, y no podía dejar de pensar en ellos, y hasta me subí al techo de la cocina, mientras hubo luz, para ver si podía atisbar algo sobre los expedicionarios, maniobra ilusa, ya que el potrero de El Chivo ondeaba sus pastizales a una distancia de alrededor de diez kilómetros de la casa.
Finalmente llegaron los aventureros al lugar desde donde se esperaba ver salir a la luz mala. En el silencio que precede siempre a los grandes acontencimientos, sólo quebrado por la voz de mi padre que daba breves indicaciones alternándolas con comentarios sobre si habría enterrados huesos o metales quizás preciosos - pues sostenía que las emanaciones podían de ser de fósforo, o de algo que se encendía al tomar contacto con el aire - la gente, callada, apretaba los carrillos y esperaba.
Las siete. Las ocho. El crepúsculo empezó a retirarse. Con las primeras estrellas el cielo se iba bañando lentamente de azul.
La Lámpara esa noche no salió. No salió más. Nunca más. La noche cayó súbitamente, algo después de las nueve; cuando el sol se ocultó detrás del Aconquija, la caravana comenzó el regreso a las casas, al paso, de a dos en fondo, con ocasionares comentarios en voz baja, y algún silbido, salpicados por las lucecitas rojas de los puchos.
J.C.Lavarello. (De "La Hora Rosa/La Hora Azul", Filofalsía, 1987)
UTUTO: Chelco, pequeño lagarto negro, venenoso.
PANAGRA: Antigua línea aérea estadounidense.
CRESPIN, MACHILO, ATAJACAMINOS: Distintos pájaros crepusculares. El machilo puede aparecer en cualquier momento del día. También se le llama pirincho, y a veces urraca, en el sud de nuestro país.
