Friday, July 08, 2005

 

UN POCO DE SURREALISMO - TROZOS DE UNA NOVELA INEDITA, ESCRITA EN 1989

EL DIA EN QUE PERDI A RAMON
El día en que perdí a Ramón era brillante como deberían ser siempre los domingos. Bandadas de pájaros triangulares, de un opaco gris azulado, pasaban volando al sesgo, rayando el azul purísimo del cielo. A veces gritaban, con un vibrante grito anaranjado. El aire fresco, aromado de mil aromas, caía sobre nosotros como una cascada de inexistentes flores de manzano. El mundo cantaba su polícroma alegría de vivir.
Ramón se me había adelantado por la carretera de azúcar. Caminaba más rápido que yo, y con su traje marrón rayado parecía un gran tapón de corcho que se desplazaba hacia la ciudad, empujado por la brisa. El campo, a mi alrededor, movía el abanico del horizonte, variándolo constantemente. Las vacas, un tanto ausentes en su rumiar, y otros animales que no sé identificar, levantaban la cabeza a mi paso, para saludarme alegremente.
Una nube de algodón estalló en mil pedazos, que fueron desfilando despacito delante del sol, tamizando su luz para que no hiriera tan vivamente mis ojos.
Finalmente llegué a la ciudad.
Casas. Casas, casas, casas. Grandes, chicas, unas sobre otras como amontonadas, agazapadas, acechantes, con ventanas como ojos grandes, chicos, cuadrados, redondos, oblícuos, con persianas como párpados abiertos al asombro, entornados por la codicia, cerrados por el sueño.
Casas con balcones como guirnaldas, y con guirnaldas en los balcones; ropa tendida que los empavesa como barcos permanentemente anclados en un sitio que es todo puerto, con un agua de gente que fluye y refluye, que viene y que va.
La calle, empedrada de gris húmedo, ascendía como una serpiente perezosa, y era tan empinada ahora que tentado estuve - como Chesterton - de levantar una tapa de resumidero para ver si había estrellas.
Cuando llegué arriba me pareció ver a Ramón, cien metros más adelante, avanzando trabajosamente. "¡Ramón!" grité, y al conjuro de mi grito las ventanas y las puertas se animaron; decenas, cientos de cabezas aparecieron en sus vanos. Cabezas, cabezas, cabezas con largos cuellos, como extraños reptiles. Sonreían. Abrían sus grandes bocas y gritaban "Ramón, Ramón", y reían, con carcajadas sin dientes, y grandes lenguas rosadas. "¿Vieron a Ramón?" les pregunté. Casi ninguno tenía ojos. En su mayoría eran sólo caras con boca y oídos. "Ramón, Ramón" repetían balanceando sus cabezas en el extremo de sus largos cuellos. "Ramón... ¡ja, ja!, Ramón..."
Sí, algunos tenían ojos. Pero eran unos ojos que parecían garras, que me siguieron largo rato pero no pudieron atraparme.
Arriba, por encima de las cornisas donde las macetas coloridas con flores inocentes y ajenas remataban el peinado de las casas, el cielo, esa calle azul de arriba, se oscureció de pronto. Se hizo gris, y comenzó a refunfuñar. Se acercaba la tormenta.
En una bocacalle, un grupo de chiquillos vestidos de pobreza me salieron al paso. "¿Vieron a Ramón?" les pregunté. Tenían grandes y hambrientos los ojos y las manos.
Busqué en mi corazón, saqué un puñado de ilusiones, y se las repartí pensando contentarlos. Inmediatamente se dedicaron a destrozarlas, y a escarnecer sus restos entre saltos, risas y morisquetas.
"¡Ramón, Ramón!", gritaban.
Al alejarme me tiraron algunas piedras. Ramón. Ramón.
Comenzó a llover. Primero fueron monedas de plata, que ángeles aburridos distribuían con desgano sobre la casa del pobre y el rico, del sano y el enfermo, del espléndido y el avaro. Algunas caían a mis pies, pero al igual que mis gritos no despertaban ningún eco. Muchas de ellas se derretían, bañando de plata los árboles, las rejas, los frentes de las casas.
Arreciaba, y me cobijé en un umbral. Ahora caían Espadas de Justicia. Brillantes. Eficientes. Una cayó cerca de mí, dio contra una piedra, rebotó y atravesó a un niño pequeño, dejándolo clavado en el piso. Presto se la saqué; me miró agradecido. Tenía los ojos y las manos azules. Al verse libre corrió a su casa, abrazado a una mandioca. Miré la espada en mi mano. "Made in... algo", se leía en la hoja. Quemaba de frío. La solté enseguida, y se deshizo.
Ramón.
Alguien que se encontraba a mis espaldas, me tocó el hombro. Un hombre todo dientes y ojos me invitaba a entrar. Tras de sí, una mujer de grandes pechos blandos y abundantes caderas, que parecía un cactus mustio, se secaba las manos en un delantal a cuadritos. Sobre lsu cabeza, un halo de ruleros se cobijaba bajo el ala de un pañuelo de color cansado.
"¿Cuánto tienes?" me preguntaron.
Busqué nuevamente en mi corazón. Saqué esperanzas. Las exhibí. Me miraron con sorna. No me atreví a sacar la Fé. La tenía en el fondo, porque si nó se expande y llena todo, y no queda lugar para más.
Se hicieron a un lado, y me dejaron entrar.
****************************** Gral. Pacheco, 1989

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