Tuesday, August 09, 2005
"EL FABRICANTE DE RELOJES DE ARENA"
"Sí, fabrico relojes de arena", te dije esa tarde en el Café. Y era verdad, los fabricaba. Es que siempre me apasionaron esas ampollas perfectas en las que una cantidad determinada de arena, según el tamaño de su continente, se desliza sutil como la vida por esa estranguladura que pareciera expuesta a quebrarse en cualquier momento, pero precisamente es la que pauta la velocidad, y por lo tanto la duración del ciclo. Hacer un reloj de arena no es lo mismo que hacer uno de ruedas, o eléctrico, o de sol, porque si bien tiene la superioridad absoluta sobre los mecánicos de estar construido solamente con elementos naturales, incluso el vidrio, ya que es arena derretida y horneada, y en algunos casos se da espontáneamente, tiene la facultad de detener su marcha y reanudarla a voluntad de su propietario, sin intervenir para ello la naturaleza, pues funciona con sol o llo viendo, y sin descomponerse en absoluto su maquinaria, pues no la tiene. Sólo hay que darle vueltas. No gasta pilas. No tiene péndulo. Se utiliza especialmente para medir los tiempos de las experiencias satisfactorias, como el hervir un huevo, o la duración de un experimento químico. El reloj de arena puede durar una eternidad; no se derrite como se derretían los relojes de vela de los monjes medievales; no se le evapora el agua como a las clepsidras; no se le corta la cuerda ni se le caen las pesas, ya que carece de toda esa parafernalia solamente inventada para hacer sufrir al hombre, que es tan loco como para creer que el tiempo es algo que transcurre permanentemente y sin retorno. El mismo reloj de arena demuestra que todo es un ciclo, ya que funciona volteándose y volteándose constantemente: es el ejemplo perfecto del ciclo. Demuestra que el tiempo no es lineal, y que el espacio es curvo y finito. El tiempo no transcurre; el que transcurre es el hombre. El hombre puede hacer detener el tiempo, y acortarlo o alargarlo a voluntad. Como dijo alguien alguna vez, en algún lugar del tiempo Moisés no ha nacido todavía, y en algún lugar del tiempo el demonio ha sido perdonado por Dios. Es la eterna rueda. Todo recomienza. La vida se reencarna. Nacemos, morimos, volvemos a nacer, volvemos a morir. Por eso todo aparato hecho para medir un tiempo lineal y transcurrente es inútil, y - me atrevo a decirlo - debería ser destruído. "El devenir de lo existente". ¡Bah! "La sucesión contínua de momentos". ¡Puaj! Yo, realmente, no entiendo cómo hay gente que puede referirse a un pasado, un presente y un futuro. Todo está aquí junto, por eso existe el Tarot. Todos y cada uno de nosotros tenemos un presente diferente en razón de nuestra edad individual. Ya lo dijo Ortega y Gasset: "El ahora de un hombre de cincuenta años no es el mismo que el de una mujer de veinticinco", por ejemplo, aunque ambos "ahora" se desarrollen en el mismo instante. Hay que tener en cuenta que la realidad no es algo general, propiedad de todos, que todos podemos observar y disfrutar como se observaría (y digo observaría y no observa) un espectáculo público. La realidad es algo subjetivo, particular de cada uno. De tal modo, un mismo reloj que marque la misma hora para cada uno de nosotros es algo tan absurdo como pretender que uo se haga poner ventosas en el momento en que está tocando el violín, o baile un malambo mientras está sometiéndose a una operación quirúrgica. El vivir es algo totalmente subjetivo, y ocupa en cada uno de nosotros el segmento de espacio-tiempo que le pertenece. Los antiguos griegos tenían distintas palabras para denominar al tiempo, según su función. Una, quería simbolizar el espacio de la vida, el tiempo de vivir; y otra, por ejemplo, quería decir "la duración del tiempo". {Ya ahí comenzaban con las mediciones). Lo que pasa es que la influencia del pensamiento hebreo, en el que el tiempo se medía, duraba o pasaba, comenzó a estropearlo todo. De ahí mis interminables discusiones con Jacobo, porque yo quiero creer en el concepto griego del tiempo, un eterno presente por el que navegamos y no como una vela que se consume, o un dinero que se gasta, en el que se incluye la salud y la vida, que es el pensamiento de Jacobo. Claro que Jacobo no es un mal tipo, pero partimos de bases muy diferentes. El placer de construir relojes de arena, por otra parte, se basa además en el hecho de que uno los puede confeccionar de distintos tamaños y formas y así poder medir distintos períodos. Períodos de felicidad, de dolor, de nostalgia, de olvido, de guerra y de paz, medir cuántos orgasmos caben en una ampolleta grande, o quizás si cabe uno en una pequeña. Uno puede detener el tiempo dejando de voltear el reloj, o hacerlo infinitamente largo, con una ampolla grande con cuello de diámetro pequeño. En fin, fabricar relojes de arena puede hacerlo sentir a uno el amo de la vida.
(De la novela "Pandora, el Sexo de los Demonios", Año 2001).
