Monday, August 08, 2005
MOISES
1
Es un globo enorme, dorado y refulgente; como si el sol hubiera bajado hasta ponerse casi al alcance de las manos de esa multitud proteica y abigarrada, rumorosa y díscola; ese arreo inmenso de hombres y mujeres, de bestias y bagajes, serpenteante y reverberante de gritos, mugidos, ladridos y latigazos. Constituye en verdad un espectáculo impresionante, más aún que el que brinda la larguísima columna humana, el ver esa inmensa esfera amarilla luciente como de oro bruñido, flotando en el aire a la altura aproximada de una palmera de dátiles, y emitiendo algo como una lluvia invisible que no moja, que acosquilla la piel y caus una sensación extraña como de mareo, de entorpecimiento. Al principio ni Moisés ni su gente comprenden qué está sucediendo. Arriba, el globo dorado emitiendo esa irradiación paralizante, y frente a ellos, bajo el cielo azul sin nubes del desierto, el oleaje del Mar Rojo golpeando rebelde contra la arena de la playa, que en el reflujo absorbe inmediatamente el agua, quedando absolutamente seca, como negando que instantes antes hubiera estado allí el mar.
De pronto, ante el estupor general, las aguas parecen paralizarse, se aquietan, y en vez de agua que se agita el mar parece aceite en una cisterna. El agua ha tomado una consistencia viscosa, y poco a poco comienza a dividirse en dos frente a los israelitas, abriéndose hacia los costados, creándose un verdadero camino en el arenoso lecho, que se ha secado como si un gran viento hubiera soplado sobre él durante horas. Un camino que cruza todo el brazo de mar hasta la otra orilla, flanqueado por dos altísimas paredes aparentemente de cristal, pero que todos pueden ver que en realidad es el agua suspendida, como solidificada, algo prodigioso e imposible de creer y describir.
El más profundo y elemental terror hace presa de la gente, y sólo la decisión de Moisés hace que se anime a cruzar por ese corredor de altas paredes; la decisión de moisés, y el ver que los soldados de Menephtah comienzan a laevantar polvareda en el árido horizonte. Moisés entiende enseguida que ésta es una ayuda de su Dios para permitir a los hebreos cruzar el Mar Rojo, y así se los hace saber. Les habla lo mejor que le permiten su dicción deficiente y sus nervios, tratando de hacerles entender que deben cruzar por la zanja abierta en el agua, ya que no les queda otra alternativa, a menos que acepten caer bajo las armas de los sanguinarios soldados egipcios. Así se atreven a cruzar bajo la protección de ese enorme objeto suspendido en el cielo, que mantiene separadas las aguas creando un espacio seco y practicable en el medio, si bien al atravesarlo se experimenta una rarísima sensación, como si mil alfileres le pincharan a uno por todo el cuerpo, y una especie de entorpecimiento doloroso hiciera presa de la cabeza y de la espalda. Después de todo hay que optar por uno de dos males y se opta por el menor, o por lo menos por el menos inmediato.
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El artefacto brillaba como otro sol a los rayos del sol verdadero. Inmóvil sobre el brazo de mar que ahora aparecía separado en dos por el increíble corredor seco, parecía una gigantesca gota de oro siniestramente dotada de vida. Algunos hombres aseguraban oir una especie de zumbido que proviniera del cuerpo suspendido. En general la gente no se atrevía a levantar la cabeza, pues su sola contemplación le producía gran pavor. Moisés, a lomos de su asno, recorría de un extremo a otro la hormigueante columna humana dando ánimo a la gente, urgiéndola a avanzar, y explicándole con sus tartajeante elocuencia que estos maravillosos acontecimientos no eran otra cosa que una clara manifestación del amor de Yahvé por su pueblo.
No bien había terminado de cruzar el último israelita cuando ya la mayoría de las huestes de Menephtah había ingresado en el corredor, atronando el aire con sus geritos y el rodar estrepitoso de sus carros. Avanzaban sin parar mientes en el extraño camino que estaban haciendo, sobre el lecho arenoso sembrado de algas y moluscos aplastados y flanqueados por las dos altísimas paredes de agua suspendida... Súbitamente el ingenio aéreo se izó verticalmente a toda velocidad en el cielo azul, como una inmensa piedra que hubiera sido disparada con una honda. Como si se hubiera quebrado un encantamiento, rápidamente las aguas se cerraron. Las altas paredes que determinaban el pasaje en el brazo de mar se precipitaron con gran estruendo una sobre la otra, cerrando completamente el camino, borrando la huella abierta por la acción del extraño artefacto dorado... y arrastrando al abismo a la mayoría de los soldados del Faraón. Carros y caballos, armas y hombres desaparecieron en instantes en las turbulentas aguas, que ahora aparecían encrespadas como siempre, azotando en su vaivén las ardientes orillas del desierto del Sinaí.
El pueblo judío instalado ya en la margen opuesta del gran lago, cayó de rodillas y elevó preces de agradecimiento a su Creador. Moisés, feliz, transpiraba agotado. Buscó los ojos de Gatreb. Las negras pupilas de su amada brillaban entusiasmadas y satisfechas. "Gracias a Yahvé" dijo "lo hemos logrado".
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(De La Voz se Desvanece, Cap.I - Moisés, Filofalsía 1988 - FAJA DE HONOR NOVELA 1989 Sociedad Argentina de Escritores).
