Thursday, August 18, 2005

 

NARRATIVA - NARRATIVA - NARRATIVA -

LA VALIJA

Charles pensó en los pasos a seguir lo más serenamente que pudo. No podía dejar de impresionarse por los acontemcimientos ocurridos, pero no obstante, estaba tranquilo. En su departamento, iluminado por la cálida luz matinal, todo parecía igual que el día anterior. Los muebles, las alfombras, el calmo silencio quebrado débilmente por los ruidos de la calle y el tic-tac cadencioso del reloj del pasillo; todo, menos las dos valijas que descansaban en el vestíbulo de entrada, úunicos elementos indicadores de que todo era diferente, que su vida nunca sería como antes, monótona, opaca, sino que ahora estaba por dar el gran salto hacia la aventura, hacia la felicidad.
Repasó mentalmente el contenido de las valijas: Parecían iguales; grandes, elegantes, de cuero gris, como le gustaban a él. En la de la izquierda, la más liviana, estaban sus documentos, el pasaporte, alguna ropa, y sobre todo, los dólares. Muchos, muchos dólares. En efectivo, por supuesto. Algunos en paquetes, otros en los bolsillos de los trajes que llevaba. Claro, no podía dejar huellas por el momento. Además, el árabe que lo esperaba en Argel le exigía efectivo para pagar su nueva identidad. Identidad que estaría avalada por el depósito inicial que haría en el Lloyd's Bank, que luego giraría a Antigua, esa bella islita inglesa de las pequeñas antillas, donde lo esperaba Margarita, esa maravilla de mujer por la que haría diez, cien, mil veces lo que hizo; esa mujer que puso música en su vida, y que hizo que en sus sentidos y en su corazón se encendieran con creces las muertas llamas del amor.
En la otra valija estaba, hecho un ovillo, el cadáver de Angelina.
Ya en el ascensor, único pasajero con las dos valijas grises, se animó a mirarse al espejo, y se encontró realmente elegante. Elegante y sereno. El portero del edificio (era el suplente, todo estaba bajo control) lo ayudó a cargar el equipaje en el taxi. Por supuesto que a la valija más pesada la cargó él; gracias a su excelente estado físico, fruto de su tesonero entrenamiento en el gimnasio de la Empresa, llevar pesos no le significaba gran esfuerzo. ¡La Empresa! ¡Maldita empresa de cueros, fábrica de valijas, zapatos y cinturones, billeteras, y todo lo que pudiera hacerse con la piel de la vaca, en la que llevaba años y años, sin tener él mismo ningun poder de decisión, si bien ocupó siempre cargos importantes, sólo por el hecho de estar casado con la hija del dueño!. Esa insoportable arpía, tan chiquita como gritona, amarga y siempre disconforme con todo, y que por suerte - pensó - cabía perfectamente en la valija; ahora estaba todo bien. Ella no volvería a gritar más.
El auto desvió a la izquierda saliendo del Boulevard Haussmann hacia la rue de Lafayette rumbo a la Gare du Nord. Los recuerdos giraban como moscas molestas alrededor de su cabeza. Todo estaba bien. La imágen de Angelina sacudiéndose entre el ataque de asma y la almohada que él mantuvo fuertemente apretada sobre su cara, hasta que las convulsiones fueron haciéndose cada vez más débiles y espaciadas... Cuando llegara a la estación la colocaría en el tren, le pondría el boleto reservado en la mano, y partiría al aeropuerto, a la libertad, a la vida, empuñando en su mano derecha la valija con sus papeles y efectos, y con los dos millones de dólares en efectivo que había retirado del Crédit Lyonnais el día anterior, casi todo el disponible, "para abrir una sucursal en Atenas"; sí, eso había dicho ante la sorpresa de los funcionarios del banco. Por otra parte, como Charles solía tener en su poder cheques en blanco con la firma de su suegro, ya que para retirar se necesitaban dos firmas, sólo firmó cuatro, por quinientos mil cada uno. Todo estaba bien.
El taxi lo dejó en la estación. Voces, ruidos, ir y venir de gente, el loquero de siempre. No pidió maletero. Subió al vagón con una valija en cada mano y recorrió el pasillo algo ansioso hasta llegar al camarote. Había elegido expecialmente ese tren porque no era el expreso. Cerró la puerta, sacó la pequeña llave, y abrió la valija. Angelina era una pelota de pelos castaños y faldas negras. La enderezó, la sentó en la cama baja, e iba a acomodarle el vestido, cuando fuertes golpes dados en la puerta le hicieron caer sentado en el piso del camarote. Una voz nasal y perentoria dijo: "¡Todo el pasaje abajo. Revisaremos el tren. Hay denuncia de bomba!".
En segundos, el cuerpo de Angelina volvió a la posición fetal dentro de la valija, y Charles salió del vagón sintiendo en el pecho un tambor que batía "¡A la carga!". De pie en el andén, no se había repuesto aún del sobresalto, cuando la voz policial comunicó: "¡Revisación efectuada, sírvanse subir al tren nuevamente! ¡Todo en orden!.
Todo en orden.
Las diez y cuarenta y cinco. El tren parís-Bruselas-Leyden salía en cinco minutos. Y en una hora debía esar tomando el avión para Argel en el Charles de Gaulle. Subió apresuradamente al vagón. Casi corriendo, tropezando con los pasajeros y sus equipajes, llegó al reservado. Cerró la puerta con llave, y nuevamente acomodó a Angelina sentada en la cama. No quería dejarla acostada, porque se encorvaba constantemente, y al traquetear el tren - pensó - caería al piso. Así que la sentó junto a la ventanilla, sujetándole la mano izquierda con la persiana exterior. En el peor de los casos parecería que estaba saludando a alguien. El guarda hizo sonar el silbato. El tren arrancó. Charles puso la vacía valija en la cama superior, y partió con la otra, nervioso y feliz. Saltó al andén con el tren ya en marcha... para comprobar que la valija que había dejado en el apresuramiento era la suya, y que sus documentos, sus dólares y sus ilusiones habían partido hacia Bruselas en compañía de un cadáver. Giró sobre sus pasos, y corrió... corrió... gritó... gritó...
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(de "Aquelarre", 2003)

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