Saturday, August 06, 2005
Otro Poco de Narrativa - AVENTURA EN REÑACA
La primera vez que lo vi estaba rodeado de adolescentes ataviados de manera estrafalaria, pero a mí me pareció siniestro. Vestido con una camisa gris y un chaleco marrón, calzones cortos floreados, quizás un pantalón de baño, borceguíes negros, y tocado con un sombrero verde que le daba un aire tirolés, el organillero repartía papelitos que elegía el loro, y recibía el dinero de los chicos y muchachas que querían conocer su destino. La barranca de arena que separaba el mar de los edificios hervía de gente saturada de sol. Todo era colorido y rumores que ahogaban la voz ronca y desafinada del organito, triste caja de madera apoyada en ortopédica pata de palo, que impulsado por la manivela que giraba su extraño ejecutante escupía convulsivamente trozos de música disonante y agresiva. Todo se fundía con el conjunto de colores y rumor de playa.
La segunda vez que lo ví estaba solo en la playa bañada de silencio. Las luces de sodio del alumbrado de la ciudad, o de los carteles luminosos, no le alcanzaban. Parecía brillar en una dimensión distinta, lejana. El mar estaba calmo. Una línea de luz plateada señalaba la presencia de la luna, y allí donde se juntaba el reflejo del mar con el cielo, estaba el organillero, más siniestro que nunca, serio, solitario, con su loro en el hombro, girando la manivela de su tísico instrumento sobre la alfombra de plata surcada de mil huellas de pisadas; grandes, de jóvenes alegres; pequeñitas, de niños temerosos, vacilantes, de ancianos trémulos. Su instrumento de fuelles gastados y pata de palo escupía los mismos juegos de sonidos discordantes que dejaba oír de día, pero que en la soledad de la noche y con el fondo del Pacífico aparecían aterradores.
Como el súbito estallido de un volcan que despierta, tomó forma en mi mente el sentido de su misión. Era el destructor de la belleza. El creador y ejecutante de la antimúsica. A cada vuelta de su manivela maldita, creaba antiacordes y antimelodías que destruían la música de los clásicos. En algún lugar de Europa estaban desvaneciéndose, destruyéndose, las partituras originales de las mejores obras de Beethoven, de Mozart, de Brahms...
Junté coraje, e hice lo que tenía que hacer. Nunca olvidaré la expresión de furia, pero también de estupor, en los ojos del organillero, cuando vio volar por los aires su engendro de una sola pata, y caer al mar, que lo arrebató en su reflujo, quizás para sepultarlo en sus profundidades.
Esa misma noche dejé Reñaca. Mi cometido estaba cumplido. La música estaba a salvo.
(De la antología "Café de Buenos Aires Tercer Milenio", coordinada por Josefina Arroyo y Patricia Bence, Buenos Aires, 1999). Espero, queridos lectores, que este pequeño relato, tomado de la realidad, haya sido de vuestro agrado. Yo me sentí en la obligación de escribirlo.
