Saturday, September 17, 2005
NARRATIVA - NARRATIVA - Un Cuento Corto
GIGOLO
La orquesta rompió con un tango. A la luz cambiante y velada de los focos de color las parejas se estrecharon en el abrazo rítmico, en la promesa de acto sin final y lloraron con el bandoneón. Junto a Raúl, en la mesa, una mano madura y fofa, una mano alhajada y manicurada quizás en exceso, se deslizaba morosamente por su pantalón, para finalmente indtroducir algo en su bolsillo. Raúl sintió la presión del rollito contra su pierna. Deberían ser como veinte mil, pensó. Magdalena estaba cada vez más generosa. Le quedaba poco.
La sacó a bailar, y mientras guiaba penosamente por la gastada pista los setenta kilos bien provistos de carne, arrugas, sedas y perfumes, sintiendo en su cuello el aliento entrecortado y alcohólico de su acompañante, pensó en su casita de fin de semana, en los geranios que había plantado el domingo último, ante de tomar el colectivo que lo llevaría al centro, a la rutina, al monótono trajinar sin sentido de todas las noches.
Su compañera ahora lagrimeaba dulcemente, suspirando y pidiéndole que aceptara acompañarla a no-sé-dónde, para divertirse no-sé-cómo, como lo había hecho no-sé-cuándo con no-sé-quién, y que se entía ahora muy sola, y otras cosas más, y que si él la consideraba vieja, y que si no fuera por su dinero él no estaría a su lado ahora, y que todos los hombres son iguales, y otras cosas por el estilo a las que Raúl ya estaba acostumbrado, y resbalaban por sus oídos como la lluvia de invierno en un tejado sin gatos. El, mientras tanto, le había echado el ojo a una turista que, sentada en una mesa de pista, aseguraba a su calvo acompañante, con una copa en la mano que movía agitadamente, que sólo los latinos son verdaderos amantes, y que ella si quisiera ahora mismo... hablaba a borbotones, y la voz le llegaba a veces nítidamente, a veces desvaída entre los acordes de "Derecho Viejo".
El reloj giró varias veces sus flechas indiferentes. A las cuatro, luego del show, había que irse. Acompañó a Magdalena a su departamento. La dejó vestida en la cama, ebria, completamente dormida. En puntas de pie se dirigió la la puerta. Con las solapas del sobretodo levantadas, tiritando, con el estómago crispado y agrio, caminó las ocho cuadras que lo separaban de la lechería donde "guardaba el uniforme". El gallego lo saludó distraído y le reclamó el pago de la semana. Del rollo de billetes sacó dos de quinientos y los puso sobre el mostrador. Luego, en el cuertito del fondo se swacó el smoking y lo colgó en una percha. Tomó de sobre una silla el overol azul y se lo puso. Junto a él estaba el maletín con la cena fría que Laura, su mujer, le preparaba todas las tardes, antes de que emprendiese su camino al trabajo. Masticó ávidamente los sandwiches y bebió la leche. Laura era una gran mujerA las siete llegó a su casa. Laura se estaba levantando para preparar el desayuno a los chicos, que pronto saldrían para el colegio. La besó, y mientras se quitaba el overol y los zapatos para darse una ducha, pensó que cada día se le hacía más penoso ganarse el pan.
***************************** (de "Cada Cual, Cada Cual...") 30-8-1969
