Tuesday, September 20, 2005
NARRATIVA - NARRATIVA - UN CUENTO DE LOS AÑOS SETENTA -
T E L E V I S O R
Norberto llegó a su casa algo más nervioso, cansado y tenso que de costumbre. Esos regresos a casa de todas las tardes, con esa sensación de que cualquiera de ellos podría ser el último, ese no poder compartir con Nora su preocupación, hacía que la vuelta a casa no fuera en absoluto una promesa de alivio, de paz, de descanso, sino otro eslabón en la cadena de tensiones y sobresaltos que constrituía su vida. En la calle se sentía inseguro, perseguido, acechado por cada peatón, amenazado por cada vehículo que podía atropellarlo y acabar con él en cualquier momento; ¡para qué se habría metido en esto! A veces le parecía que todo era un juego. Que nadie sabía de su existencia, que sus actos carecían de significación, que el ir a la casilla de correo, y retirar y depositar paquetes eran meros actos naturales de inocente correspondencia personal, que recibir y distribuir instrucciones era algo que nadie penaba porque a nadie dañaba; que las palabras "resistencia", "guerrilla", "libertad", "política" etc., no querían decir nada y eran solamente fonemas sin sentido. Otras veces, hasta la cambiante luz de los semáforos le parecía una amenaza de muerte.
Llegó a su casa. No abrió la puerta sin antes estar bien seguro de que nadie lo observaba. Las palabras del teléfono aún resonaban en sus oídos. Era común que el teléfono sonara, y al contestar sólo oyera una voz dura y cavernosa que le anunciaba su muerte para esa tarde. Le ocurría a menudo. Algunas veces le impresionaba más que otras. Hoy, por ejemplo, había sido algo diferente, y quizás se diría original. La voz le había indicado que encendiera el televisor a la hora del noticiero, y que "allí conocería su forma de morir". El casi se rió, pues la frase le parecía una soberana estupidez, pero a medida que se acercaba a su domicilio, las palabras iban creciendo en significado, y constituyeron por su extrañeza, casi un desafío; ¡el televisor, y a la hora del noticiero! ¿Por qué? ¿Por qué no a cualquier hora? Esto, en cierto modo, alejaba toda posibilidad de que hubieran colocado una bomba en sus televisor, o de que lo hubieran electrificado, o algo así... Por las dudas tomaría precauciones.
Nora aún no había llegado. ¡Pobre Nora! Buena esposa en los pocos años que llevaban de casados. Compartía su ideal político, pero, dada la delicadeza de su misión de correo estratégico, no le estaba permitido a él revelar a su mujer sus verdaderas actividades. Nora quizás creía que su participación en el Movimiento era de apoyo espiritual. Si hasta a veces le había preguntado por qué no se enrolaba en las filas de los rebeldes, ya que no tenían hijos y compartían en un todo el mismo ideal, con el mismo entusiasmo y espíritu de lucha. El, con distintos argumentos, la había disuadido. ¡Pobre Nora! Si supiera que se sentía - y probablemente lo estaría - constantemente vigilado, constantemente perseguido... Cerró la puerta de calle con llave y pasador. Nora no se alarmaría si encontraba atrancado, pues estaba acostumbrada a las "excentricidades" de su esposo. Por otra parte, Nora llevaba siempre consigo la llave maestra que abría los pasadores. Despacio, pues tenía tiempo de sobra, y para ir relajando los nervios, fue hacia el bar y se sirvió un whisky con soda. El calor de la bebida al deslizarse por su garganta y llenar su pecho, le devolvió algo de ánimo.
El chalet era pequeño. Verificó las ventanas y la puerta de la cocina. Todo perfectamente cerrado y atrancado. No le quedaba más que encender el televisor y ver el noticiero mientras esperaba que Nora regresara de la peluquería. Por las dudas, tomó un destornillador de su cajón de herramientas (prodigio de orden y aseo) y quitó la parte trasera del aparato en busca de un artefacto explosivo. Sabía que no había nada allí, y sabía que no podía haberlo; además no había NINGUNA huella de que alguien hubiera entrado en la casa durante su ausencia, o la de Nora. Ellos eran metódicos hasta la exageración, por eso el Movimiento lo había elegido como correo estratégico. Cualquier platito, cualquier cuadro o mueble levemente fuera de su lugar, cualquier almohadón arrugado lo habría llevado a sospechar. Nada encontró. ¡Claro, no había nada! Colocó la tapa.
Encendió el televisor. Una tanda de avisos. Terminó la tanda. El locutor anunció el programa de noticias. La suave luz blancoazulada del televisor adquirió mayor brillo, mucho mayor brillo, el azulado se tornó rosado, rojo, violeta, todo en una fracción de segundo...
Cuando Nora regresó, lo primero que hirió su olfato fue un fuerte olor a churrasco. Fuerte.
Se dirigió al living. En la penumbra, el televisor funcionaba normalmente, transmitiendo las noticias del día. El olor provenía de la cosa horriblemente quemada, en el sillón, frente al televisor.
***************General Pacheco, entre 1971 y 1975
