Monday, September 12, 2005
NARRATIVE TALES - CUENTOS - CONTES -
LAS INDIAS
Yo, Juan Rodríguez Bermejo, llamado Rodrigo de Triana, quiero, aproximándose el fin de mis días, aclarar una terrible equivocación, una mentira que me llevó al perjurio y al crimen, y que no me deja dormir, pues constantemente sacude mi conciencia, aunque sé que nada se podría hacer para revindicar mis actos, ni calmar el dolor que nace de mi arrepentimiento.
Por esa mentira tuve fama y gloria, si bien fue breve. Por pocos años de una felicidad relativa, y de efímero roce con los grandes de España, el resto de mis días sufrí cárcel y maltratos, sin poder jamás sentirme orgulloso de lo que en realidad fue el acto más importante que llevé a cabo en toda mi vida.
Como dije, soy Rodrigo de Triana. Juan Rodríguez Bermejo fue el nombre cristiano que tuve que adoptar para poder sobrevivir en un tiempo de persecuciones y muerte para los de mi raza y religión, en una época en que se bautizaba católicos a los judíos por millares, extendiéndoles un pulcro certificado que de no llevarlo encima podía costar ser despellejado vivo, colgado de los talones como una res en el matadero. Entre los que fuimos bautizados estaba un tal Yago o Diego Colom, converso genovés que conocí en una taberna de Toledo, y que decía tener ciertos contactos con la Corte. Conversamos mucho con este Diego, con quien tuve varios encuentros, y me contó que un hermano suyo, Sansón Esdras Colom, quien viniera de Génova sin haberse convertido, pero sí cambiado su nombre por Cristóforo, había entusiasmado tanto a los mismos Reyes de Castilla con un plan suyo para un viaje a las Indias por una nueva ruta, que le había valido el puesto de Almirante, otorgándosele gran cantidad de beneficios.
No hay que dudar mucho para concluir que le rogué a Diego que me pusiera en contacto con su hermano, para que éste me incorporara a su tripulación. Yo había estado embarcado en el sur, cuando gracias a mi negra barba y a mi conocimiento de idiomas pasaba por árabe, y allí aprendí a navegar por las estrellas; le dije a Diego que no pretendía solicitar un puesto de piloto; que sólamente me conformaba con ser un humilde marinero.
Pasó el tiempo. Casi había olvidado esta conversación, cuando una tarde en que estaba yo tomando un mal vino en la taberna, veo venir a Diego, quien me dice sin más: "¡Hombre, te estuve buscando! ¡Apresúrate, que mañana partimos a Santa Fe! Has sido contratado para el viaje. Trae el certificado de bautismo". "¡Ah, y toma para los primeros gastos!" dijo, arrojándome como una piedra un doblón de oro, acto que afortunadamente nadie vió, porque pienso que de inmediato habríamos tenido que defender la vida con nuestras dagas; no era el momento ni el lugar para hacer exhibiciones. pero os aseguro que si alguna duda o titubeo tuve al aceptar la invitación, el doblón me los quitó de cuajo. Al día siguiente, muy de mañana, partimos a caballo hacia la ciudad fundada un año atrás por los Reyes Católicos, que quedaba unas cuantas leguas al sur, como a tres días de viaje, en plena Vandalucía. (Después de todo, era mi patria, aunque ahora estaba en manos de los castellanos).
Al cuarto día llegamos a Santa Fé cerca de la hora sexta, y nos dirigimos a la iglesia de la ciudad amurallada, que era donde el Almirante había instalado su cuartel general; todo alrededor del edificio era un ir y venir de gente que intentaba hablar con Colom, marineros de distintas nacionalidades, holandeses, portugueses, gallegos, y muchos genoveses; se oía hablar todos los idiomas, también el idioma de los marineros, jerga llamada papiamento, con la que se comunican entre sí los hombres de mar de todos los países, razas y culturas. Muchas mujeres, también, rondando con el fin de sacar su tajada en ese amontonamiento de hombres. Vendedores de agua fresca, y de dulces y fritangas, envueltos en una nube de moscas. Vida, vida y movimiento; actividad por todas partes.
Como Diego me acompañaba, pudimos pasar rápido y fácilmente en medio de la multitud rumorosa, y atravesar sin inconvenientes el control de los soldados. Yo exhibía a cada requerimiento mi certificado de bautismo, y eso me abría todas las puertas, aunque pienso que muchos de los que me lo solicitaban no poseían la capacidad de leer. Ingresados al suntuoso templo, pasamos a una habitación a la izquierda de la entrada. Allí estaba el Gran Almirante, al que ahora llamaban Cristóbal Colom.
Quedé muy impresionado al verlo; robusto y moreno de imponente actitud, cuando se puso de pie comprobé que su estatura era mediana como la mía. Luego de ser presentado por su hermano, y explicádole éste quien era yo, me dirigió la palabra, comunicándome que me había nombrado segundo comandante de la carabela La Pinta, que acababa de comprar en sociedad con dos de sus hombres, Martín Alonso, y Vicente Yáñez. Lógicamente, el primer comandante era Alonso. Pero no me impresioné precisamente por su personalidad, si bien ésta era fuerte y dominadora; la razón de mi estado de fascinación era que la cara del Almirante, que como buen renegado la llevaba completamente afeitada, ¡era absolutamente igual a la mía! ¡ Por Dios, sus rasgos eran iguales a los míos como una gota de agua a otra! Por suerte, nadie se dio cuenta de eso, pues mi cerrada barba moruna impedía descubrir ese detalle. Pero en mi cabeza, lentamente empezó a tomar cuerpo una idea, que dejo para relatar más adelante.
No voy a relatar los pormenores del viaje, que fueron muchos; borrascas, escalas (una en Portugal), sublevaciones y peleas. Cristóbal Colom era un personaje muy arrogante si bien hablaba siempre con suavidad, aunque con suavidad dijera "degolladle"; mal lider, celoso y muy mezquino, Por cualquier falta menor hacía atar al palo mayor a los marineros que no obedecían como esclavos. Había instalado su cuartel general en la Santa María, que no era una carabela sino una nao. Si bien Martín Alonso y Vicente Yáñez, llamados "Los Pinzones" eran sus socios, él, con esa vocecita suave que tenía, los dominaba como si fueran sus siervos. El convoy se componía de tres naves: La Pinta, de propiedad de Cristóbal Quintero, quien la había cedido para la travesía, a cambio de quién sabe qué suculenta recompensa, o participación en el botín. Esta iba en punta; era una carabela de dos palos a la que, en una escala hecha en Canarias le habían adaptado un aparejo redondo; en esa iba yo, como segundo comandante, y una veintena de pillos de la peor especie. Viéndolos, no me sentía tan maravillado de que se me hubiera designado en tan jerárquico cargo. Segunda iba La Niña, carabela al mando de Vicente Yáñez, y propiedad de Juan Niño, del que nunca supe si participó o no de la expedición, pues yo no tenía contacto con todos los tripulantes, ya que debía permanecer en mi puesto de La Pinta mientras no me requiriera para algo Martín Alonso, o el mismo Almirante, en cuyo caso debería yo trasladarme en una chalupa hasta la Nave Capitana. Por último cerraba la formación la nao Santa María, de propiedad de Juan de la Cosa, que había sido recientemente reacondicionada y bautizada, y cuyo capitán, como dije, era el Almirante. También dije que no iba a contar detalles ni pormenores, pero hay una cosa que tengo que contar, porque es el horrible secreto que no puedo llevar a la tumba sin volverme loco, y que creo que confesarlo posiblemente sea el único camino que alivie a mi pobre alma de algo del fuego del infierno.
Cuando partimos, el Almirante nos habló. Hablaba un castellano claro, sí que mechado con términos latinos, genoveses y gallegos. Nos dijo que íbamos hacia lo desconocido para nosotros, pero que él estaba absolutamente seguro de que llegaríamos a Las Indias, que luego visitaríamos Cipango y Catay, y que volveríamos con los bolsillos llenos. Que al primero que descubriera en el horizonte la línea de tierra que significara que habíamos llegado, los Reyes Católicos le tenían asignado un premio de diez mil maravedíes de oro, y un jubón de terciopelo. El caso fue que me tocó a mí, el doce de octubre del año noventa y dos la lsuerte de distinguir la oscura línea de la costa indiana en el horizonte, y según lo convenido ( y confieso que con alivio y alegría) grité "¡Tierra!", como se me había ordenado. Digo con alivio, porque ninguno de nosotros, salvo, quizás, Colom, estaba seguro de encontrar tierra en ese rumbo, y digo con alegría, porque diez mil maravedíes de oro, o sea los arábigos almorávides, a seis gramos por moneda, constituían más que una pequeña fortuna. Al enviarle Martín Alonso parte al Almirante del descubrimiento, éste dispuso que las naves quedaran a la corda, y requirió también mi presencia. Fuimos en una chalupa de la nave capitana, que vino a buscarnos, y Colom quiso hablar primero con Martín Alonso. Luego de un rato largo - yo esperaba en cubierta, bajo un sol de fuego - Alonso salió y me indicó que entrara, que el Almirante quería hablar directamente conmigo. Entré pues al camarote de Colom, y mi jefe se despidió, comunicándome que cuando el Almirante hubiera acabado conmigo me llevarían de vuelta a mi nave. Cristóbal Colom y yo quedamos frente a frente en la fresca penumbra del camarote; un amplio y pesado escritorio de roble se interponía entre nosotros. El Alamirante me miró fíjamente, y me expresó su inmensa satisfacción por mi descubrimiento, que dijo ser de "fundamental importancia en la historia de la humanidad", y luego de tenderme su mano y estrechar la mía, se dio vuelta, abrió una pesada y sólida caja fuerte reforzada con sunchos y tachas de grueso y negro metal, y sacó dos bolsas medianas, llenas con quizás diez mil maravedíes... de cobre, de los acuñados por los Reyes Católicos, esas moneditas de ínfimo valor, con los cuños de Castilla de un lado, y de León en el otro. En ese momento, casi sin pensarlo, la idea que venía gestándose en mi mente cuando le conocí eclosionó, y con gran rapidez dí la vuelta al escritorio, saqué mi alfanje árabe, y cuando giró hacia mí se lo clavé en el pecho, una, dos , tres veces. El Almirante abrió los ojos muy grandes, no sé si de terror o de sorpresa, el caso es que en el siguiente instante estaba muerto, sin haber emitido un sonido, y casi sin derramar sangre. Como si se tratara de cumplir un plan largamente pensado (y sabe Dios que había tenido tiempo de pensarlo en tantos meses de navegación), corrí a la puerta, la trabé, y llevé a cabo distintas actividades, sin pausa y con algo de prisa: Desnudé el cuerpo, y me desnudé yo. Tomé unas tijeras y una navaja, y rasuré completamente mi querida y cerrada barba árabe. No necesito repetir que mis rasgos y los del cadáver del Almirante eran exactamente iguales. Me dirigí al arcón donde supuse que guardaría su ropa, y saqué una camisa limpia de la batista más fina, blanca, con un bordado alrededor del cuello, y un jubón de brocado verde, recamado de oro y plata, con mangas en forma de buche, terminadas en puños estrechos. Me coloqué los calzones de terciopelo, las medias y los zapatos que le había quitado al cadáver, así como su larga chaqueta roja de mangas sajadas, con grandes solapas color tabaco, ribeteadas de negro. Por último, me ceñí el ancho cinturón de cuero forrado en seda de Catay, y colgué de él la espada. Fuí ante el espejo, le pasé la camisa ensangrentada de Colom, y cuando tuvo brillo peiné ante él mis cabellos, coloqué sobre mi testa el tricornio negro, y me miré finalmente, para ver el resultado de mi obra.
La bruñida plancha de metal reflejaba la efigie del Gran Almirante don Cristóbal Colom
Un instante quedé como paralizado. Me parecía mentira lo que habíaa hecho, pero sabía que en cualquier momento podía alguien golpear la puerta, y si no seguía con mi plan estaría perdido; fuí, pues, hacia el cadáver y lo vestí con mis pobres ropas, junté con todo cuidado los pelos de mi barba, y luego de destrozar con mi puñal las facciones del muerto hasta que quedara irreconocible, apreté sobre la masa sanguinolenta mis atributos pilosos, de modo que si no se lo miraba muy atentamente, podría haber pasado por mi cadáver, con la cara destrozada. Limpié y ordené todo lo que estuviera fuera de lugar como consecuencia de la caída del cuerpo, que no era mucho, guardé las bolsas de monedas en la caja, abrí la puerta del camarote, y llamé, dando grandes voces, pidiendo auxilio.
El segundo comandante Rodrigo de Triana había muerto. Yo era a partir de ahora Cristóbal Colom, o Colombo, o Colón, el Gran Almirante.
Lo demás lo sabéis, es historia. La triste realidad es que ahora estoy muriendo en Valladolid, pobre, enfermo, y olvidado de todos. Sufrí cárcel, fuí encadenado en La Gorda, pagué para muchos injustamente, un precio de terribles sufrimientos. Pero ahora tenéis mi confesión. Si alguna vez vais a Sevilla, entrad en la Iglesia de Rodrigo de Triana, que he mandado levantar a poco de mi regreso a España, y rezad una oración por mi alma.
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(de "De Castillos, Princesas y Dragones" 2002)
